Sanidad Pública en España: historia de un horror

Crecí oyendo que la Sanidad Pública en España era maravillosa y que teníamos los mejores médicos del mundo. Si bien tengo pocas o ninguna duda de la calidad de los profesionales de la Sanidad Pública, tengo también pocas dudas de que la Sanidad Pública ahora mismo agoniza mientras todos miramos como si poco o nada tuviera que ver con nosotros.

El otro día me llamaban para darme cita para una analítica. Era 25 de marzo. La mujer al otro lado del teléfono carraspeó ligeramente: “va a tener que ser un poco tarde, pero es que es la primera fecha disponible”. Esperé adivinando cuánto de tarde sería. “El 18 de mayo”. Una analítica. Casi dos meses. En principio, no tengo nada grave, solo controlarme los malditos triglicéridos que se me disparan como champán en un podio de carreras a poco que me descuide. ¿Pero y si lo tuviera? ¿Y quien sí lo tiene?

Me cuentan amigos que les están dando citas para especialistas para tres meses. O para más. Gente que tiene algo medianamente importante o que podría tener algo mortal si no se detecta a tiempo. Semanas, meses, ya mismo llegaremos a años. ¿De qué vale que los médicos sean muy buenos si no te van a ver? Podrían ser todos el Doctor House con un nivel de implicación como el de Camacho cuando era seleccionador que poco te va a importar si para cuando sea la cita estás ya criando malvas o siendo el resultado de un cenicero en una noche de póker.

¿Qué está haciendo la gente? Tener seguro privado. Evitar ese horror. Pagar aparte (porque la Sanidad Pública sí la pagamos, vía impuestos) por su sanidad y empezar, los que menos virtud y humanidad tienen, a mirar con recelo que exista siquiera una sanidad pública. En cualquier caso, piensan, que sea como en Estados Unidos. Y si eres pobre, pues muérete de cáncer porque, total, si ni siquiera has sido lo suficientemente decente como para tener seguro privado, ¿acaso mereces vivir? Eugenesia. Ni más ni menos. Y que la pinten como quieran y la disfracen de lagarterana si les parece, pero pura eugenesia, en este caso, claramente capitalista.

Cuando vino el covid19 y nos metimos en casa parapetados bajo siete cerraduras, salíamos a las ocho a aplaudir a los sanitarios porque en el fondo teníamos un sentimiento de culpa que nos embargaba: nosotros refugiados y ellos y ellas atendiendo a los enfermos de covid a veces con bolsas de basura como toda protección contra el virus (o lo que es lo mismo, sin protección alguna contra el virus). Más de sesenta sanitarios de este país murieron por hacer su trabajo. De vergüenza. No querían ser héroes ni probablemente lo sean, pero si quien tiene que velar por la salud pública desde un puesto político relevante hiciese su trabajo con la décima parte de esa dignidad, todo sería muy distinto.

Por razones que no vienen al caso, voy, como acompañante, a consultas privadas. La doctora de digestivo, antes de decir buenos días, ya tiene a mi acompañante tendida sobre la camilla y le está haciendo una ecografía. ¿Cuántas semanas hacen falta o cuántos meses para que te hagan una ecografía en la Sanidad Pública? ¿A quién hay que rogarle o ante quién hay que ponerse de rodillas para que te hagan una prueba en la Sanidad Pública?

Esto es Andalucía, España (no dudo que la situación en otras comunidades autónomas sea idéntica por eso he dudado en hablar de la Sanidad en Andalucía o en España, pero creo tener la certeza de que es bastante parecido todo en todas partes ). ¿De verdad que tienen que pasar semanas o meses para que te hagan una ecografía? ¿De verdad que el hecho de que te hagan un TAC hay que encuadrarlo en la misma categoría de que te toque la bonoloto?

Hay quien dice: “vete por Urgencias que ahí te lo hacen todo”. No es lo que me cuenta una amiga, batallando cómo está con un dolor en su costado (no muscular ni óseo) y que tiene que dar explicaciones en Urgencias por ir allí cuando el MIR de segundo año de turno considera, como ha considerado hoy, que Urgencias está para la vida o muerte. ¿Qué haces tú o hace usted, licenciado, doctor o casi doctor, cuando tiene un dolor que le contrae y que lleva ahí, presente o latente, varios meses? ¿Qué hace si nadie se lo explica y, mucho menos, nadie le trata? ¿Si tiene que pelearse para que le manden al especialista? ¿Si le dan cita para el especialista para dentro de tres meses? ¿Dónde mete su dolor o tu dolor, jovencito, señor doctor?

En esa clínica privada de digestivo en el que soy acompañante de una paciente, hay, mínimo, tres máquinas que realizan ecografías, probablemente haya varias más, pero hablo de las consultas en las que he estado o, más bien, estuve puesto que hace un año que no entro y espero fuera de la clínica.

Si tenemos que esperar meses para hacernos pruebas, no hay que ser Einstein para entender que faltan máquinas y faltan personas que las manejen. ¿Cuánto dinero hace falta para arreglar eso? ¿Para ir con un dolor al médico y salir con una ecografía, un TAC o las pruebas que sean necesarias? ¿Con mil millones de euros habría? ¿Dos mil millones de euros? ¿Tres mil millones de euros? Peccata minuta para el presupuesto del estado español. Que no nos hagan creer que la situación es inevitable y que esto es todo lo que se puede conseguir porque es mentira.

En 2019, el estado español ingresó cuatrocientos ochenta y siete mil millones de euros. ¿De verdad no hay dinero para solucionar este tema que es, nunca mejor dicho, vital?

Igual de vital que las listas de espera para una operación. Hay gente a la que llaman para operarse cuando ya ha muerto. De lo que iban a operarle o de otra cosa, pero fallecida. Es una vergüenza.

Los patriotas solo quieren ondear la bandera. Celebrar que Rafa Nadal gane un título como si en ello les fuera algo más que la más absoluta nada. No entienden que el único patriotismo que merecería la pena es uno en el que el estado se preocupa seriamente por la salud de cada ciudadano y de cada ciudadana. Y lo demás es confeti para neandertales.

Ahora nos toca a todos y todas cambiar esto. Salir a la calle para meterle a quienes nos gobiernan la idea de que dejarán sus puestos si todo sigue así. Ser lo suficientemente inteligentes como para señalar a cualquier gestor público que ande gastando cientos de millones en cosas superfluas cuando se tardan meses en ser atendido debidamente en lo más importante que puedes ser atendido: tu salud.

Y si no hacemos eso ahora, lo pagaremos con nuestra vida más adelante o lo pagarán con sus vidas gente a la que queremos. Y de eso no es que nos sintamos o no culpables: es que lo seremos.

Illa se pone serio con el covid

Está Illa serio con el tema de las vacunas y no quiere chistes. Yo tampoco quería puñeteros chistes cuando el covid19 se expandía por China y países limítrofes allá por enero. Menos puñeteros chistes quería cuando llegó a Italia (aunque ya estaba en España sin que lo supiéramos) y tuvo que ir Lorenzo Milá a poner las cosas en su sitio y decir que se trataba de una puñetera gripe y que vale ya de pánicos ridículos. Vale ya de pánicos, ridículos.

Cuando la gente empezaba a morir por miles, no oí a Lorenzo pedir perdón por su espantoso, el suyo sí, ridículo ni a Echenique, que daba lecciones en twitter ni a Illa, máximo responsable de todo esto. No oí a Ana Rosa ni a Inda decir que eran imbéciles ambos por haberse rasgado las vestiduras por la suspensión de World Mobile Congress en Barcelona ni oí a tantísimos que habían hecho chistes y se habían reído de quienes veíamos el problema llegar pedir un mínimo de perdón y decir “sí, a veces soy un cretino, lo siento”.

Ahora quiere Illa seriedad. ¿Pero no mira hacia dentro ni reconoce que han hecho espantosas figuracce, que dicen nuestros hermanos italianos, que también saben de hacer el ridículo con el covid un rato?

¿Lo soñé o nos dijo Fernando Simón que las mascarillas no valían para nada?

¿Lo soñé o iba a dejar el gobierno salir a los niños del confinamiento para ir al supermercado con los padres?

¿Lo soñé o íbamos a tener unos pocos casos aislados en España?

Pocas bromas, dice Illa muy serio porque con el covid no se juega.

La verdad es que el gobierno de España y el de las distintas comunidades autónomas sí están jugando con el covid. Se trata de jugar al juego de la balanza entre muertos y mantener la economía a flote para quienes sobrevivan. A quien muera, poco le importará si España se convierte en Catar o en Etiopía.

Los gobiernos autonómicos y central juegan con el covid a decir “ hay que consumir, pero no salgas”. “Los bares son seguros, pero no son seguros”. “Los colegios e institutos no se cierran porque el covid allí no entra (¿??)”. “La hostelería es segura, la cultura es segura, los centros educativos son seguros, los apelotonamientos en la calle son seguros y el problema está en las casas”, como decía Aguado, vicepresidente de Madrid cuando las calles rebosaban gente hace unos días. “El contagio se produce en casa”. Claro, viene el Ratoncito Pérez con una agua y te inyecta el covid mientras duermes. Hay que ser zoquete. ¿Cómo carajo se contagia en casa si nadie de esa casa lo coge fuera, Aguado? ¿Es que quieres ser tan simple como tu presidenta? ¿Ese es el nivel?

En fin, pongámonos muy serios porque con el covid no caben las bromas después de decenas de miles de muertos en España y camino de dos millones en el mundo, sí, claro, yo me pongo serio, Salvador Illa. Lo estaba en enero y febrero y principios de marzo cuando tú estabas jugando a los bolos con Fernando Simón y nos arrastró un tsunami que, por otra parte, era totalmente previsible viendo lo que había pasado en China, que no hablamos que pasara en Plutón y, mucho más previsible viendo lo que estaba pasando en Italia que, prácticamente, está ahí al lado. Yo estaba serio. Sigo estando serio porque vivo con una persona de riesgo, de esas inmunodeprimidas que se igualaban a los ancianos para decir que eran los únicos que tenían algo que temer.

Como si los inmunodeprimidos y ancianos – y esto es más culpa del periodismo que de Illa- no fueran personas que pudieran tener – al menos en el caso de los primeros- décadas de vida por delante y, en el caso de los segundos, el derecho a seguir viviendo de la mejor manera posible los años que el destino les conceda.

Ojalá las vacunas funcionen. Ojalá ninguna tenga efectos secundarios. Ojalá pronto vivamos como antes y ojalá – aunque esto me importe menos- pidan perdón aquellos que todavía no han entendido que se han equivocado gravemente.

La conspiración del covid19 es tan secreta que es visible para todos y se llama realidad.

Tienen los negacionistas del covid su conspiración y empiezo a tener yo, ferviente creyente en el covid, mi conspiración también. La mía no tiene que ver con secretos oficiales ni con Bill Gates ni con Soros ni con nada que no se pueda ver. La mía tiene que ver con lo que se puede ver. Las estadísticas de infectados y fallecidos diarias. Las medidas gubernamentales ya sean de Madrid, vía BOE, o en mi caso, las de Andalucía, vía BOJA.

Mi conspiración es ver que la vida sigue y que cada vez más la masa desinformada e ignorante dice cosas como “total, qué más da, si lo vamos a pillar todos”. Esta es la masa que en ídem salió a la calle en junio como si no hubiera pasado nada. La misma que se ha pasado por el forro cualquier distancia social porque quién era nadie para privarles de besar a sus abuelos o a sus padres aunque fuera el beso de Judas, el que señalaba a quien había de morir, pasando también por cierto, su propio calvario.

Los políticos del gobierno de Madrid y del gobierno de Sevilla repiten sin cesar que los centros educativos son los lugares más seguros para el covid. La mayoría no tienen ni idea de lo que es un centro educativo. Y, por supuesto, no los verás entrar a ninguno este curso. Desde sus despachos, con sus medidas de seguridad extremas, hablar en ese tono me parece insultante para quien se está jugando el tipo en tantos centros educativos para que los padres y madres puedan dejar a sus hijos en alguna parte y vayan a trabajar.

Dicen que hay muy pocos casos. En Granada, por ejemplo, hay muchísimos casos de alumnos infectados, pero ojo, que aquí viene lo más terrible: la mayoría de los niños y buena parte de los adolescentes son asintomáticos por lo que van al centro educativo con su coronavirus durante días sin que nadie lo sepa porque no se hacen pruebas. Lo que sí sabemos es que las reuniones de más de seis personas están prohibidas en todas partes menos en las aulas donde se meten treinta personas o más. En cualquier análisis serio y no partidista habría que concluir que o bien la medida de las seis personas es una salvajada o bien permitir que se reúnan 30 personas o más en un aula durante cinco o seis diarias es una salvajada. Personalmente, pienso que la salvajada es lo segundo y aún más salvaje en tanto en cuanto se pensó un protocolo para confinar las clases de los infectados y se cambió en unos días al comprender que eso significaba muchísimas clases cerradas (y niños en casa) por lo que decidieron que lo adecuado era confinar solo a quien estuviera sentado cerca del positivo porque, claro, esos niños y niñas volaban desde su casa a su silla, no se movían, no salían al recreo a comer su bocadillo sin mascarilla ni estaban a diez centímetros de muchos de sus compañeros tanto en el recreo como en los pasillos. Vergüenza.

Mi conspiración es la sensación subjetiva – pero sin duda compartida por más gente- según la cual nuestros gobernantes no están intentando salvar vidas sino hacer imposibles ecuaciones para compensar la pérdida de vidas con la economía.

Habrá quien diga que hacen bien. Por ejemplo, oí al doctor Cavadas, ese genial cirujano y también asesino de ciervos con flechas, decir que hay que tener en cuenta la economía para las medidas que hay que tomar porque sin economía no habría salud tampoco. Ciertamente, es una paradoja según la cual hay que dejar que se infecten miles de personas de las cuales un porcentaje X morirá para que la economía siga y la medicina siga (desde luego ni la economía ni la medicina seguirán para quien haya muerto).

Los salvajes buscan el objetivo y las personas inteligentes y honradas observan los medios para conseguir ese objetivo. En ese sentido, entiendo que Macron es un salvaje porque incluso cuando manda confinar Francia decide mantener las escuelas abiertas aunque al menos hay que concederle, en parte, el valor de la sinceridad porque para justificar dicho disparate dijo “para que el tejido industrial siga adelante” y luego añadió, en una frase que no se creyó ni él, “y para que nuestros niños y jóvenes puedan sociabilizarse”, como si el hecho de estar un mes ahora como se estuvo en marzo y abril pudiera causarles un daño irreparable a la infancia y juventud francesa.

Por tanto, mi conspiración es que nuestros gobernantes no hacen todo lo posible para salvar la vida a sus gobernados, esto es, nosotros. Mi conspiración es que se está pesando en una balanza cuántos muertos son admisibles para compensarlos con la economía del país. Yo hubiera querido pensar que todos podíamos hacer esfuerzos en lo referente a la economía con tal de no morir nosotros, a quienes queremos o, incluso, iluso de mí, para que no mueran miles de desconocidos, pero que pueden ser tan conocidos como nuestro vecino del quinto o nuestro compañero de trabajo.

Pero no. En este tardocapitalismo, ni siquiera teniendo un gobierno supuestamente de izquierdas se pueden permitir centrarse en la salud pública por encima de la economía y aun muriendo cerca de 400 personas diarias, se va a seguir la rueda económica y no se va a confinar y, si se confina, se hará lo de Macron, que las escuelas y todos los trabajos sigan adelante. Evidentemente, algo se arreglará la situación, pero miles que podían haber sido salvados morirán y conviene decirlo.

Conviene tener claro qué tipo de sociedad somos, qué tipo de gobernantes y oposición a esos gobernantes tenemos. Saber quién dijo que las aulas eran lugares seguros. Saber quién decía que lo eran los bares y restaurantes cuando desde marzo había artículos en los que se demostraba que eran lugares perfectos para la infección por coronavirus si se usaban los lugares interiores y no se usaba mascarilla. Saber que hay quien viene a decir que la vida ha de continuar como antes porque la economía se está resintiendo mucho y eso es intolerable.

Pues bien, hasta aquí. Esta es mi conspiración. La mejor conspiración de todas puesto que no es posible descubrirla. Ya está descubierta. Es una conspiración de luz y taquígrafos: se ven los muertos diarios, los infectados diarios y las medidas gubernamentales que se están tomando y ya la tienes. En realidad, es la anticonspiración o, más terrible, nuestra realidad.

Es evidente que si el covid se quedara entre los humanos para siempre, habría que pensar que infectarse sería algo absolutamente inevitable. Sería como una prueba de fuego para cada uno. Lo coges, esperas, puede que no te pase nada, puede que mueras, puede que te quedes mal y no mueras, pero así sería. Pero el asunto es que DICEN que habrá una vacuna en los próximos meses y hasta donde llega mi comprensión las vacunas se usan para no infectarse de un patógeno. ¿De verdad que estamos dejando que mueran miles en los próximos meses si habrá una vacuna también en los próximos meses? Si siguen muriendo 400 al día en noviembre, tendremos DOCE MIL MUERTOS más a final de mes y si son, con suerte, 200 en diciembre, habrá que sumar SEIS MIL MUERTOS más hasta final de año. Dieciocho mil muertos que unir a los 35000 que dicen el gobierno y a los 50000 que dicen sus opositores derechistas. Eso sin contar a todos los muertos de enfermedades graves que no se están tratando por culpa del covid. Y cada vez son más.

Mi solución es tan sencilla como cara: confinen tal como se hizo en marzo, pero dejando un rato para salir a pasear SOLOS puesto que es evidente que pasear solo jamás ha producido un solo caso de infección. Todo lo demás es contrapeso MUERTOS/ECONOMÍA y, paradójicamente, vamos perdiendo en ambos lados de la balanza. Y la idea que no se me va de la cabeza: que somos números en una ecuación usada para averiguar cuál es el número de muertos admisible.