El covid ama a los políticos imbéciles

Ahora que llevamos un año de convivencia, empiezo a conocer un poco al covid y puedo decir, sin temor a equivocarme, que si algo le gusta al covid es un político imbécil. Uno de esos analfabetos que pensaron buena idea gobernar a un colectivo, a veces tan enorme como el de los ciudadanos de Estados Unidos o de Brasil. Otra veces, un colectivo más modesto como podría ser la Comunidad de Madrid, pero ya sabemos los que lo sufrimos, que en España, para nuestra gran desgracia, solo importa Madrid y que gobernar Madrid es mucho más que gobernar una comunidad que no llega a los siete millones de habitantes. ¿Madrileñofobia? Sí, pero solo a los madrileños cretinos, no a todos.
Bolsonaro, presidente de Brasil donde la cifra de muertos por covid diaria es de casi dos mil, dice que basta de lloriquear por el covid. Que hay que seguir adelante. ¿Pero cómo pudieron votar a semejante neandertal casi cincuenta millones de brasileños? Casi cincuenta millones de brasileños que regalaron varios años de inmunda caspa ultraderechista a más de 150 millones de brasileños que no le votaron.
Mientras tanto, en España tenemos nuestra propia Bolsonaro. Se llama Isabel Díaz Ayuso y ha hecho todo lo posible para obviar el covid mientras salva la economía, según ella y sus palmeros. Desde luego, la economía de los dueños de las discotecas madrileñas a las que los jóvenes franceses se acercan, avión mediante, sí que la está salvando. Nosotros no podemos ni cruzar a otra provincia, pero si eres de, pongamos, Nantes y te apetece irte unos días a Madrid de farra, no problem at all. Dice Díaz Ayuso que “los turistas vienen a invertir”. No, señora Palurda, presidenta del Centrísimo Trono de la Sagradísima Patria Española, los turistas no vienen a invertir. Gastar dinero no es invertir. Si algún día IDA se cae encima de un libro y lo encuentra abierto se va a llevar un disgusto si le traicionan sus ojos leyendo un renglón.
Su segundo de a bordo, señor Aguado, dijo que no pasaba nada porque la gente estuviera en la calle durante el puente de diciembre porque, según los expertos, el covid se pega más en casa, así que casi mejor que la gente estuviera en la calle. Me imagino al covid escalando por la fachada de un bloque y metiéndose dentro de los pisos y, al no encontrar a nadie en quien meterse, quedar desolado y morir. O tal vez no. Tal vez no funcione así y eran esas gentes que atestaban las calles las que llevaban el covid a sus casas y, evidentemente, ahí contagiaban a sus familiares.
En Andalucía, tenemos a nuestro niño de comunión repentinamente crecido que gimotea o sonríe depende del segundo que hayan decidido sus asesores. Juanma Moreno aprendió o acuñó la expresión que más le gusta que es la de “abrir el grifo o cerrar el grifo”. Hace tan bien esto de abrir y cerrar el grifo que en este mes de febrero han muerto más de 2000 andaluces, casi la cuarta parta de toda la pandemia en 28 días y casi un año después de que empezara. Todo bien.
Tenemos también el caso de Pedro Sánchez. El hombre salía en marzo y abril de 2020 tanto por televisión que parecía que quien presentaba el Telediario era él. La oposición derechista y ultraderechista le decía que estaba en “Aló, Presidente”, el programa de Hugo Chaves en la televisión venezolana. Ciertamente, a Pedro le daba por divagar cosa mala y aquello era interminable. Pero al menos parecía que le importaba el asunto. Que se estaba ocupando. Era la peor crisis que había sufrido España desde la Guerra Civil. En fin, lo de la crisis-timo 2008-2013 era una broma en comparación porque esto no solo era la ruina sino la muerte. Pues bien, parece ser que el hombre se aburrió del tema de la tele y no solo no sale ni para decir buenos días sino que en su twitter es raro ver alguna alusión al covid y casi se diría que vive feliz sin tener que ocuparse de estos asuntos tan desagradables. Deja en su puesto a ese Oráculo de Delfos que es Fernando Simón, manda a Catalunya al Ministro de Sanidad (siempre ha sido un ministerio poco importante, decían) y no se mete en el tema covid. Eso será del Ministerio de Sanidad o de las comunidades autónomas. Nada que ver con él, que solo es el presidente del gobierno. Es como Franco que, aseguraba, no se metía en política.
Y así es feliz el covid.

Políticos españoles y covid: todos narcos.

Políticos españoles y coronavirus: todos narcos. Y no me refiero a que ningún político español esté transando con drogas y ganando dinero a espuertas. No. Me refiero a sentir algo parecido, casi idéntico, al hartazgo que trasciende en la canción de Las Manos de Filippi (popularizada por Bersuit) de la clase política argentina. Están hartísimos. Rehartos. Hasta la náusea. Más abajo pongo link con la canción original y la versión. Ambas comparten algo: el asco infinito producido por la corrupción de la clase política y el entender que solo les importa sus políticos culos. Todos narcos.

Así me sentí ayer y así me sigo sintiendo hoy. Todos narcos. Desde el presidente hasta el último mono de la Consejería de Sanidad (o Salud y Familias, como les gusta nombrar a los conservadores y adláteres) con menos presupuesto. Hartísimo.

Resulta que estamos hasta los pelos de covid19. Otra vez. ¡Una casualidad como otra cualquiera! El Ratoncito Pérez que ha estado metiéndose en las casas por las noches inoculando covid a inocentes criaturas durmientes. Nada que ver con celebrar la navidad como manda la puñetera tradición. Porque está claro que iba a morir alguien si no. Sin embargo, lo que está claro que es que van a morir miles porque sí, pero no un porque sí caprichoso sino un porque sí se ha celebrado la navidad; porque había millones de conciudadanos que tenían que hacer sus reuniones familiares o no sé qué carajo iba a pasarles. Porque si no quedaban con amigos a los que hacen meses que no ven (y podían hacerlo) van a entristecer hasta la depresión. Porque quienes tenían que poner límites estaban demasiado ocupados con sus ecuaciones políticas. Porque los hosteleros parecen los judíos de este Holocausto y resulta que no, que los judíos de este Holocausto son aquellos que mueren como murieron aquellas personas y aquellos que quedan con secuelas que nadie sabe si serán de por vida. Esas son las víctimas de verdad. Luego está el dinero, que nadie dice que no sea importante, pero que comparado con una vida debería ser absolutamente irrelevante y si veo un solo telediario más con hosteleros llorando (metafóricamente) cuando deberían estar familiares de fallecidos llorando (literalmente) me va a dar un síncope (gran culpa de esto la tiene el periodismo de encefalograma plano que se suele hacer en este país).

Entonces llegamos a ayer, 15 de enero, con covid elevado a diez porque sus señorías, sus señorones y señoronas no podían suspender la navidad por un año; porque el folclore que rodea la navidad es demasiado jugoso y nadie quería ponerle el cascabel al gato y aparecía entonces Juanma Moreno Bonilla, con esa cara de niño de comunión crecido, su tono de voz temblorosa más falsa que un billete de treinta euros, a decirnos que iba a cuadrar el círculo manteniendo el covid a raya y la economía a flote. Porque él lo vale.

Ahora Juanma ya no va a cuadrar el círculo. Ahora quiere confinamiento total. Él, que no ha sido capaz de aplazar la vuelta a clase ni siquiera en el Campo de Gibraltar, con una tasa en La Línea de la Concepción de 1219 por cien mil que subió ayer a mil setecientos y picos por cien mil. Pero no, oiga, que hay que aprender el present simple aunque te lleves el covid a casa o aunque lo lleves a la escuela. Total hay más profesores que ollas (sí, ya sé que la razón no es aprender el present simple sino tener a los niños cuidados mientras los padres van a trabajar, pero es evidente que les importa tres pepinos la salud de los y las docentes).

Bueno, pues ahora quiere Juanma un confinamiento total para darle la tabarra al gobierno de España que no lo quiere porque quiere las elecciones catalanas el días de los enamorados (habrá que celebrar, por cierto), pero luego las han aplazado a marzo, pero los indepes quieren mayo (no sé si porque la primavera es proclive a la idea de independencia) y entre todo ello, Almeida pide mil cuatrocientos millones de euros para hacer, finalmente y ahora que Sheldon Adelson ha fallecido recientemente, Eurovegas cuando la nieve se despeje (menos mal que sol hará su trabajo porque si es por él podría estar Madrid nevado hasta abril).  

La gente muriendo por cientos a diario. Miles de positivos diarios. Miramos a Moncloa buscando respuestas y encontramos a Pedro con actitud “a mí que me registren”. “A ver si os vais a pensar que yo tengo que ver con algo de todo esto”. “¿No queríais competencias? Pues ahí las tenéis”.

Una desazón absoluta la que siento yo y cualquiera que verdaderamente entienda lo que está pasando. No me refiero a todos esos millones de cenutrios que siguen disfrutando porque “¡hay que vivir”. Ni, por supuesto, a todos esos políticos con su calculadora y sus asesores haciendo cuentas con muertos y votos. Me refiero a quien entienda lo que está pasando y verdaderamente lo sienta: por los muertos, por la vida capitidisminuida que estamos viviendo desde marzo, por quienes arrastran secuelas sin saber cuándo las soltarán o si las soltarán alguna vez, por quienes han perdido su trabajo y malviven con ayudas que no llegan a tiempo. Por tantos. “Hay que vivir” decía melifluo un orondo hostelero en  mi tele hace unos días. Orondo, cincuentipico años, tal vez sesenta, varón: elevadas posibilidades de morir si se contagia. Pero eso sí, con dinerito, que nadie diga que no lleva bien su negocio mientras lo pasean en ataúd. Aunque tampoco lo van a pasear en ataúd porque ya nadie puede ir a los entierros. Está claro que un entierro al aire libre es super contagioso, pero en una clase entre paredes con treinta personas dentro es imposible que haya contagios, todo muy claro, menos la forma de anotar los datos de las distintas Consejerías.

A todos esos que siguen haciendo lo que les canta, a los que les importa una reverenda mierda el covid porque eso es algo que solo pasa en la tele, a ese imbécil de baba caída, a ese troglodita 3.0, a ese tontoloba que dice “lo vamos a coger todos” y sonríe tan tranquilo, les pregunto: ¿qué carajo hace falta para que os enteréis de una puñetera vez que han muerto cincuenta mil personas en España (que en realidad son cerca de ochenta mil) y que han muerto dos millones de personas en el mundo de algo de lo que podríais enfermar mañana? ¿Os hace falta un croquis, un resumen, un esquema?

Me respondo: no les hace falta nada porque nada hará que cambien su forma de pensar, perdón, de no pensar porque no pensar tiene, definitivamente, sus ventajas: si no piensas, no sufres. Si no reflexionas sobre los problemas graves del vivir, todo lo demás es relativamente fácil. Y eso buscan millones: facilidad. Nada de complicarse. Si me dejan hacer equis, lo haré. Y algunos también lo harán aunque no les dejen.

Eso me lleva otra vez a los políticos: ese Illa que sale hoy en rueda de prensa y al que solo le falta abrazarse a sí mismo con su autosatisfacción mientras van a morir unos cientos un rato después. Dice que el toque de queda tiene que cumplir el estado de alarma que ha hecho el gobierno del que forma parte. No dice que en una puñetera noche cambiaron la Constitución su partido y el PP para pagar a los grandes banqueros y buitres variados. Y si en una noche cambiaron la Constitución, ¿cuántos minutos hacen falta para cambiar un Decreto?

Que dice Illa hoy en rueda de prensa que se ha doblegado la segunda ola sin confinamientos. Que dice Illa estupidez tras estupidez mientras mis colegas de la izquierda le aplauden y mis no colegas de la derecha le insultan mientras aplauden a Ayuso cuyas barbaridades con el coronavirus se cuentan por decenas.

Y así.

Horrorizado por la clase política que me dirige. Y podría ser peor. Podría ser brasileño o estadounidense. Incluso en la civilizada Alemania mueren a mil doscientos por día desde hace varios días, muy bien no tienen que estar haciéndolo. Pero resulta que soy de aquí, de esta esquina de locos en la que quienes deberían poner cordura mezclan Myolastan con cerveza para luego quejarse si te la has pegado con el coche. Es más, mezclan Myolastan con cerveza, dejan el coche hecho unos zorros y luego dicen que el coche está intacto. Ese es el país que vivimos. Y me da vergüenza ajena y espero que algún día alguno de todos estos sientan esa vergüenza como propia.  

Mientras, el coronavirus es feliz entre nosotros y yo infeliz entre todos estos.