Extracto de la novela “Caos muy berraco” sobre El Caso Alcassèr.

(Extracto de la novela “Caos muy berraco” de Charly  Beteta)

(…) nadie sabe qué pasó realmente con aquellas niñas. O de hecho, sí se sabe qué pasó. Se sabe que fueron violadas, torturadas y asesinadas. Lo que no se sabe es quién lo hizo. La Justicia, esa mujer ciega que en España tiene tanto resto visual que casi no puede ni optar a vender cupones de la ONCE, sentenció que lo hizo Miguel Ricart y otra persona o personas, en referencia a Antonio Anglés que no fue detenido ni interrogado por esos hechos.

¡Hay que felicitar a la Guardia Civil, chico! Encuentran junto a la fosa donde se hallaban los cadáveres de las niñas un papelito con una cita médica a nombre de Enrique Anglés – hermano de Antonio, con profunda discapacidad mental- y alguien dice “¡Tate! Verás tú que este que pone aquí el nombre va a tener algo que ver con estas muertes”. Hablamos de más de dos meses después en lo alto de una montaña en pleno invierno con vientos, comprobables con el servicio de meteorología, de más de cien kilómetros por hora en varios días. Dos huevos.

Total, que ya alguien diría “pues este es el hermano tarado del pollo ese que trafica con droga y que no es conocido, precisamente, por asistir a conferencias sobre la obra de Heidegger o Derrida.”. Así que dos más dos suman cuatro y si hay un papel a unos metros de donde se encontraron los cadáveres de las niñas del hermano de un delincuente común de la zona, pues coño, ha sido ese. Y vamos a detenerlo. Pero ya. Que está Nieves Herrero que trina.

Y ahí que van los miembros de la Benemérita, sacrosanta organización española a caballo entre lo policial y lo militar, que cogen sus coches patrulla y se plantan en la casa de los Anglés, en Catarroja, Valencia.

En aquel tiempo, no había e-mails, pero les faltó poco para haber mandado uno a cada miembro de la familia diciendo que iban para allá. Tampoco había sms ni teléfonos móviles para la plebe, pero el resultado de su acercamiento a la casa de los Anglés fue prácticamente el mismo: Antonio Anglés, que se encontraba en situación de “busca y captura” por no haber regresado a la cárcel después de un permiso penitenciario, no estaba cuando llegaron. Hay quien habla de un salto suicida por la ventana de un quinto piso y hay quien dice que Anglés no estaba allí cuando llegó la guardia civil. Hay, incluso, quien dice que a Anglés ya le habían dado matarile, antes de que se encontraran los cadáveres, los hombres que le habían pedido a él y a Ricart que les secuestraran a las niñas.

Me pregunto qué les hubiese costado a esas criaturitas de verde haber mandado a unos agentes de paisano a la casa de los Anglés y haber detenido a Antonio en cuanto hubiera salido del bloque (si es que estaba vivo por entonces). Me pregunto por qué fueron con los coches patrulla y pegaron en la puerta diciendo que era la  Guardia Civil en una casa en la que ver a un guardia civil y saber que venían a por uno de ellos era todo uno.

Pues allí estaban los agentes del sacro cuerpo de la Benemérita, en aquella casa en la que los banqueros españoles de principios del siglo XXI se habrían sentido requeteagusto, tal era el nivel de caos y de coñobernardismo que existía en el lugar, cuando llegó uno de los hermanos de Antonio junto al Rubio, Miguel Ricart, otro pequeño delincuente medio trisómico que vivía en la casa por invitación de alguno de los Anglés, dicen que Antonio, pero poco importa porque aquello no era la casa de “Tócame, Roque” sino la casa de “Roque, acaríciame, masajéame, ponme aceite por el cuerpo y frótate conmigo. Y después me follas”.

Llegó Miguel Ricart con una bolsa de mandarinas que no había comprado precisamente  en la frutería de la esquina y después de algunas preguntas sherlockholmesianas de los benditos agentes de la bendita benemérita[1] y algunas respuestas confusas de Ricart, propias de un individuo con cinco neuronas jugando un permanente pinball en algo sólo aparentemente parecido a un cerebro, se lo llevó la Guardia Civil para interrogarlo en el cuartelillo. También se llevó a Kelly (la hermana de Anglés que siempre quiso ser famosa) y a Enrique (el hermano enfermo mental de Anglés cuyo volante médico es el que, supuestamente, apareció junto a la fosa. Nótese que el supuestamente no va porque el papel no estuviera allí, que seguro que estaba. La pregunta es si estaba porque se cayó del bolsillo de Anglés o porque alguien lo puso allí).

Entonces, para entendernos:

 ¿Se dirige la Guardia Civil a la casa de Antonio Anglés varias horas después de haberse descubierto la fosa en la que están los cadáveres de las niñas de Alcàsser porque uno de los apicultores que descubrieron la fosa, ayudando – ¿ayudando los apicultores?- a la Guardia Civil a recoger objetos cercanos a la fosa encuentra un volante de la seguridad social a nombre de Enrique Anglés? Sí.

¡Ole los huevos del CSI!

Por lo tanto, cuando el padre de una de las niñas, que consagra su existencia a conocer la verdad de los crímenes para encontrar a los responsables y que paguen su culpa, se entera de que la Guardia Civil se dirigió al domicilio de Antonio Anglés sólo porque habían encontrado un volante médico a veinte metros de la fosa[2] a nombre de su hermano Enrique, el hombre, Fernando García, padre de Miriam, huele no ya a chamusquina sino a un bosque entero ardiendo delante de sus narices.


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Caos muy berraco, una antinovela.

Esta novela o, como prefiero llamarla, antinovela, empezó a ser escrita en la primavera de 2015 y terminó de ser escrita el último día del 2019. Sí, habría dado tiempo para escribir dos o tres novelas de Dostoievski, pero yo he preferido parir este cagarro de menos de cien páginas. Soy así. Llámame modesto.

La novela Frankenstein en cuestión está escrita bajo seudónimo. El día que abandone mi actual puesto de trabajo o el día que este país deje de ser este país, me quitaré el capirote de nazareno  y proclamaré la autoría del texto a pleno pulmón en la Plaza Cabildo, en la Plaza de la Merced o allá donde esté. Sin pudor ni recato. En fin, ya he afirmado que no se trata de Crimen y Castigo, pero ello no implica que no haya un par de momentos aprovechables y, en cualquier caso, me importa un carajo todas las opiniones, incluida la mía.

Caos Muy Berraco es una antinovela de ficción (salvo cuando se habla de hechos reales y conocidos por todos), pero el noventa por ciento de lo que aparece en el texto referido a sucesos dentro de centros educativos, ya sean contados por mi alter ego o por otro personaje, son CIERTOS. Han sucedido y están sucediendo. Debería ello llevarnos a una profunda reflexión y a un proceso de vergüenza supina que diera paso a una revolución educativa para cortar de raíz determinadas situaciones que ocurren cada día en las aulas y pasillos de la escuela pública andaluza (y también de la española). Eso sería lo deseable. Lo necesario para que los institutos vuelvan a ser centros educativos donde se puede impartir y recibir clases sin que la salud del docente o de algún alumno señalado por el bully de turno acabe en pedazos.  Pero me resultaría menos sorprendente que el Ku Klux Klan abandonase su actividad y transfiriera sus activos a Open Arms. Me parecería más probable que Ortega-Smith se dejara llevar al ritmo de Manu Chao y a pleno pulmón cantara Clandestino. Sería mucho más fácil que Almeida y Díaz Ayuso crearan un colectivo ecologista o que Fran Rivera solicitara su ingreso en el siempre necesario PACMA.

Esas son mis esperanzas para el cambio. En cualquier caso, nadie podrá decir que yo o mi alter ego no advertimos de que esta era la situación. Pero tanto mi alter ego como yo llevamos ya años pensando que tal vez no es que se hayan hecho las cosas mal por negligencia o estupidez sino por lo contrario. Sí, otra teoría de la conspiración que tanto nos gusta. Tal vez quien decidió así respecto a la escuela pública lo hizo de un modo magistral para lo que ellos deseaban. Tal vez sabían que todo iba hacia el destrozo, el descrédito y la desesperanza. Y ahí están esos colegios concertados católicos que brillan como un San Luis cuando hace veinte o veinticinco años a sus institutos no quería ir nadie porque todo la calidad estaba en los institutos públicos y nadie quería que Sor Loreto le diera clase de inglés si en el instituto público estaba Noam Chomsky. El tema ahora es que si a Noam no le dejan dar clase en la pública por poco inglés que sepa Sor Loreto algo aprenderán sus alumnos. Y se puede meter Noam su Gramática Generativa en el orto. Que hoy no se da clase. Y mañana igual le dejamos que dé veinte minutos que hoy se ha ido llorando de clase. Tan malos no somos, joder. Sólo nos gusta el juego.

En fin, esto es una puñetera introducción y no se trata de redundar ni de predundar. Leed el texto si os parece y si no os parece, pues también me parece bien.  

Dado que el tiempo de la narración es la primavera de 2018 (spoiler, pero pequeñito), no puede mi alter ego ocuparse mentalmente (y mucho menos de manera activa) de lo ocurrido posteriormente. Casi mejor. El texto se habría llenado de aún más cosas horribles. Sólo hay alguna breve referencia al futuro que ya sabía yo y no podía saber mi alter ego. Ello ha impedido que el caso de Laura Luelmo aparezca en el texto. Y lo agradezco. Podría pasar cinco vidas llorando por Laura Luelmo a la que no conocí nunca, pero sí a centenas de docentes interinos que van y vienen por toda Andalucía cubriendo bajas para que el alumnado no quede sin clases o para cubrir vacantes para todo el curso. Entender que el destino de una de esas personas era el de Laura Luelmo me escalofría los huesos. Mi recuerdo para ella y mi eterno desprecio para quien la asesinó vilmente.

Y nada más. Apenas nada más, que dice la canción de Aute. Pasen y lean y si gustan, salgan a la calle con camisetas sobre el asunto, detengan el tráfico en las grandes capitales gritando el título de esta antinovela, porque mis gastos de promoción se reducen a un blog que no produce desde que le daba cera a Pedro (al presidente, no al de Heidi) como si no hubiera un mañana (betetablog.com), una cuenta de twitter (@BetetaCharly) con 17 seguidores (cada vez cuesta más el asunto de un follow, bien lo sabe Zeus) y un email (betetablog@gmail.com). ¿Qué puede fallar?

En resumen, que disfruten o se horroricen o se deleiten o maldigan o samputa en zapatillas.

EL AUTOR

Andalucía, enero de 2020.