Michael Jordan: cuando el bullying lo hace el más brillante

Las variables del bullying son tantas como los contextos de colectivos de humanos en los que ocurre. Todo el mundo sabe de qué se trata cuando se habla de bullying en un centro educativo. Pero el bullying no está circunscrito solo a ellos. Hay bullying en centros de trabajo, en organizaciones sindicales, en partidos políticos. Y lo hay también en equipos deportivos. Hay bullying entre niños, entre adolescentes, entre adultos y, seguramente, lo habrá también entre ancianos.

Los bullies son también de tipología variada. Normalmente, comparten una característica, la envidia. Envidian algo del objeto de su bullying y su manera de reaccionar es intentar aniquilarlo socialmente, amargarle la vida y en muchos casos, enseñarle el camino del suicidio. También hay un componente de inseguridad detrás de muchos casos de bullying. Curiosamente, no es la inseguridad de la víctima sino del bully, que reafirma su personalidad sobre el daño infligido a un semejante y del grupo que vitorea y participa y une lazos a través del dolor ajeno. Otras veces, es el puro sadismo el que actúa sin más razones detrás. El sadismo y la impunidad, claro, puesto que el bully busca presas que no respondan. De lo contrario no se podría ejercer una práctica diaria de tortura física o psicológica. Tiene que ser una presa fácil. Alguien física o emocionalmente más débil con el que jugar como si fuera un yo-yo. Alguien a quien despojarle de su dignidad sin una justa retribución.

En el caso de Michael Jordan hablamos de un bully que tiene más que ver con la explotación laboral que con cualquier cuestión anterior. Evidentemente, hay un componente sádico en la actitud que tenía con sus compañeros. Sin ese sadismo es imposible actuar de ese modo. Pero hay quien le justifica e, incluso, jalea porque en realidad lo que Michael Jordan quería era ganar. Él ponía todo de su parte. Se entrenaba como el que más y, además, era el mejor jugador del mundo y, probablemente, el mejor que ha existido. Y Jordan quería resultados y pensaba que el mejor modo de obtenerlos era acosar a todo aquel compañero que considerara él que no estaba dando su máximo nivel. En fin, ninguno era Michael Jordan ni se le acercaba. ¿Por qué fallaban tantos tiros? ¿Por qué no defendían tan bien como lo hacía él? ¿Por qué no eran tan rápidos, fuertes y atléticos como él?

Jordan se dedicaba a insultar y humillar a todo aquel compañero que hubiera juzgado y sentenciado él. ¿El crimen? No estar al nivel que tenían que estar para ganar. Prácticamente, con más o menos intensidad o con más o menos frecuencia, fue a por todos sus compañeros excepto a por su amigo Pippen (que en el documental se demuestra que es el menos profesional de todos). Pero no para ahí la cosa: Jordan fue a por el general manager, por periodistas, por rivales, por todo aquel que no hiciera exactamente lo que él pensaba que tenían que hacer. Y cuando nada sucedía para quebrantar el ánimo de emperador romano de Jordan, Jordan se lo inventaba. Él lo justifica a sus más de cincuenta años con que necesitaba motivación.

Uno se imagina a uno de los Beatles ridiculizando a algún grupo de música porque no son tan grandes como los Beatles. Uno se imagina a Leonardo DiCaprio riéndose de actores que no han ganado nunca un Oscar. Uno se imagina a Benedetti riéndose de poetas que no publicaron nunca un libro. Pero lo cierto es que no. Uno no puede imaginar eso porque lo considera imposible. Por muy grande que se haya sido, nadie tiene el derecho a reírse de los demás. Ese derecho no se gana nunca. Porque es un derecho que no existe. El derecho a ser bully no existe. Y si Michael Jordan se lo arrogó fue porque nadie dentro de los Bulls quería importunar al mejor del equipo, al único imprescindible. Y ello nos lleva a la pregunta que sugiere el título: ¿qué ocurre cuando el bullying lo practica el más brillante?

El testimonio de varios compañeros que sufrieron ese bullying es muy parecido al testimonio de mujeres que, sufriendo o habiendo sufrido malos tratos por parte de su pareja, justifican ese tipo de relación. Siempre hay un bien mayor. En el caso de los Bulls, ganar. En el caso de esas mujeres que justifican a quien les aterroriza, el matrimonio, los hijos, los celos, pero celos por el gran amor que él siente por ella, lo que sea con tal de no dar un golpe en la mesa y gritar “basta”.

Evidentemente, hubo quien no soportó ese bullying y se encaró con el bully supremo. Michael Jordan hizo lo que suelen hacer los bullies cuando eso ocurre: cagarse encima. Le pasó con Robert Parish y a Bill Cartwight. Ambos le dejaron claro a MJ que no iban a tolerarle una más. En el caso de Bill, le dijo -se dice- que si le hacía una más terminaría su carrera en el baloncesto porque le iba a partir las dos piernas. Cuentan que Michael le sostuvo la mirada sin decir nada. Y por supuesto dejó de hacerle bullying. Por su bien y el de sus piernas.

Porque contra los bullies no hay otra que revolverse. En el caso de los adultos jugadores de Bulls que soportaron las embestidas de Jordan, ellos sabrán por qué lo hicieron. Alguno plantaron cara en su momento y otros se comieron todas juntas y encima tienen que justificarle más de veinte años después en un documental que se ha visto en todo el mundo. Eran adultos entonces y lo son ahora. Lo preocupante es cuando le sucede a un niño o a un adolescente. Personas que no están formadas y que no tienen los recursos emocionales necesarios para soportar todo eso sin que el daño haga mella en sus emociones y en su personalidad presente y futura.

En este punto sí debemos ser implacables. Porque de nada sirve lamentarse y darse golpes en el pecho cuando los niños o los adolescentes saltan por la ventana como única solución a su dolor. Entonces es jodidamente tarde y todas vuestras palabras de luto y consternación no valen para una puta mierda y bien podríais ahorrároslas. Hay que actuar antes. Hay que detectar y hay que castigar a los bullies de acuerdo con su horrible crimen cometido. Ni medias tintas ni paños calientes. Y, por supuesto, tolerancia cero con el bullying. Hacer daño a alguien de manera sistemática y solo por el placer de hacerlo es un crimen. Si lo comete un grupo de niños de doce años sigue siendo un crimen aunque los niños sean inimputables. No es cosa de niños amargarle la vida a nadie. Si consideramos que vivimos en una sociedad civilizada, no debería serlo nunca.

Malditos sean los bullies y los que los amparan, defienden, miran para otro lado o justifican el acoso. Bien podría meterse Michael Jordan los seis anillos ganados acosando a sus compañeros por el orto. El mejor jugador de baloncesto de todos los tiempos y también el más imbécil.

Imagen destacada: Michael Jordan by Mexicaans fotomagazijn

Caos muy berraco, una antinovela.

Esta novela o, como prefiero llamarla, antinovela, empezó a ser escrita en la primavera de 2015 y terminó de ser escrita el último día del 2019. Sí, habría dado tiempo para escribir dos o tres novelas de Dostoievski, pero yo he preferido parir este cagarro de menos de cien páginas. Soy así. Llámame modesto.

La novela Frankenstein en cuestión está escrita bajo seudónimo. El día que abandone mi actual puesto de trabajo o el día que este país deje de ser este país, me quitaré el capirote de nazareno  y proclamaré la autoría del texto a pleno pulmón en la Plaza Cabildo, en la Plaza de la Merced o allá donde esté. Sin pudor ni recato. En fin, ya he afirmado que no se trata de Crimen y Castigo, pero ello no implica que no haya un par de momentos aprovechables y, en cualquier caso, me importa un carajo todas las opiniones, incluida la mía.

Caos Muy Berraco es una antinovela de ficción (salvo cuando se habla de hechos reales y conocidos por todos), pero el noventa por ciento de lo que aparece en el texto referido a sucesos dentro de centros educativos, ya sean contados por mi alter ego o por otro personaje, son CIERTOS. Han sucedido y están sucediendo. Debería ello llevarnos a una profunda reflexión y a un proceso de vergüenza supina que diera paso a una revolución educativa para cortar de raíz determinadas situaciones que ocurren cada día en las aulas y pasillos de la escuela pública andaluza (y también de la española). Eso sería lo deseable. Lo necesario para que los institutos vuelvan a ser centros educativos donde se puede impartir y recibir clases sin que la salud del docente o de algún alumno señalado por el bully de turno acabe en pedazos.  Pero me resultaría menos sorprendente que el Ku Klux Klan abandonase su actividad y transfiriera sus activos a Open Arms. Me parecería más probable que Ortega-Smith se dejara llevar al ritmo de Manu Chao y a pleno pulmón cantara Clandestino. Sería mucho más fácil que Almeida y Díaz Ayuso crearan un colectivo ecologista o que Fran Rivera solicitara su ingreso en el siempre necesario PACMA.

Esas son mis esperanzas para el cambio. En cualquier caso, nadie podrá decir que yo o mi alter ego no advertimos de que esta era la situación. Pero tanto mi alter ego como yo llevamos ya años pensando que tal vez no es que se hayan hecho las cosas mal por negligencia o estupidez sino por lo contrario. Sí, otra teoría de la conspiración que tanto nos gusta. Tal vez quien decidió así respecto a la escuela pública lo hizo de un modo magistral para lo que ellos deseaban. Tal vez sabían que todo iba hacia el destrozo, el descrédito y la desesperanza. Y ahí están esos colegios concertados católicos que brillan como un San Luis cuando hace veinte o veinticinco años a sus institutos no quería ir nadie porque todo la calidad estaba en los institutos públicos y nadie quería que Sor Loreto le diera clase de inglés si en el instituto público estaba Noam Chomsky. El tema ahora es que si a Noam no le dejan dar clase en la pública por poco inglés que sepa Sor Loreto algo aprenderán sus alumnos. Y se puede meter Noam su Gramática Generativa en el orto. Que hoy no se da clase. Y mañana igual le dejamos que dé veinte minutos que hoy se ha ido llorando de clase. Tan malos no somos, joder. Sólo nos gusta el juego.

En fin, esto es una puñetera introducción y no se trata de redundar ni de predundar. Leed el texto si os parece y si no os parece, pues también me parece bien.  

Dado que el tiempo de la narración es la primavera de 2018 (spoiler, pero pequeñito), no puede mi alter ego ocuparse mentalmente (y mucho menos de manera activa) de lo ocurrido posteriormente. Casi mejor. El texto se habría llenado de aún más cosas horribles. Sólo hay alguna breve referencia al futuro que ya sabía yo y no podía saber mi alter ego. Ello ha impedido que el caso de Laura Luelmo aparezca en el texto. Y lo agradezco. Podría pasar cinco vidas llorando por Laura Luelmo a la que no conocí nunca, pero sí a centenas de docentes interinos que van y vienen por toda Andalucía cubriendo bajas para que el alumnado no quede sin clases o para cubrir vacantes para todo el curso. Entender que el destino de una de esas personas era el de Laura Luelmo me escalofría los huesos. Mi recuerdo para ella y mi eterno desprecio para quien la asesinó vilmente.

Y nada más. Apenas nada más, que dice la canción de Aute. Pasen y lean y si gustan, salgan a la calle con camisetas sobre el asunto, detengan el tráfico en las grandes capitales gritando el título de esta antinovela, porque mis gastos de promoción se reducen a un blog que no produce desde que le daba cera a Pedro (al presidente, no al de Heidi) como si no hubiera un mañana (betetablog.com), una cuenta de twitter (@BetetaCharly) con 17 seguidores (cada vez cuesta más el asunto de un follow, bien lo sabe Zeus) y un email (betetablog@gmail.com). ¿Qué puede fallar?

En resumen, que disfruten o se horroricen o se deleiten o maldigan o samputa en zapatillas.

EL AUTOR

Andalucía, enero de 2020.

Por trece razones (para combatir el bullying)

Nota: nivel de spoilers bajo, pero alguno puede haber caído.

Viendo Por Trece Razones uno empieza a pensar si no nos habremos ido a la mierda definitivamente como puñetera civilización, era, edad o lo que mierda se quiera poner de etiqueta para hablar de estos tiempos tan jodidos que vivimos.

Habrá quien piense viéndola que las cosas que ahí se narran suelen suceder en el Estado de Yanquilandia, donde la infelicidad cotiza bien alta en Wall Street y donde, no olvidemos, de vez en cuando aparece alguien en un centro educativo con un rifle automático y siega la vida de decenas en unos minutos.

Para nuestra intranquilidad, la serie trata de por qué se suicida una adolescente a la que le han hecho bullying, que es algo que ha sucedido en Españistán varias veces en los últimos años. No sé si también habrá matanza porque aún no la he acabado. Desde luego, hay dos amiguetes en la serie que parecen bastante basados en Dylan y Eric, los pioneros del asunto en un día de canción del año 1999, en el Instituto de Columbine.

Los personajes de la serie están absolutamente clavados en personajes que podemos observar cada día, no sólo en los institutos sino en cualquier ámbito.

Está el puto rico pijo que piensa que el mundo y todo lo que en él hay le pertenece. Para eso es rico, joder. Si no, ¿qué sentido tendría serlo? Los intocables, los que pueden hacer lo que les venga en gana con todo y con todos. ¿Conoces el texto de Galeano de “Los nadies? Bueno, pues esta gente son justo lo contrario.

Está el deportista de vida perfecta que no quiere que el roce con “los imperfectos” pueda salpicarle en modo alguno. Se entiende que su meta es el deporte profesional. Su objetivo, que nada se interponga en su objetivo (por supuesto con una mamá que piensa que su ricura jamás podría hacer daño a nadie).

Está el hipócrita (en realidad, en la serie, el noventa por ciento de los personajes son hipócritas) que hará lo que sea para seguir pareciendo perfecto a los ojos de su papi, ministro de dios, y del resto de personas, pero engañar a todo el mundo todo el tiempo es bastante difícil y a veces te salpica la mierda o la pintura hasta teñirte entero.

Está la niña perfecta lesbiana que no quiere que nadie sepa que es lesbiana (curiosamente, sus padres adoptivos son dos hombres gays) y que hará cuanto esté en su mano para que ese secreto no se revele pues piensa que será objeto de burlas y quién sabe si perjudicará su futuro el ser homosexual.

Está el guapito de familia disruptiva que enamora a cuanta jovencita se le cruza en el camino mientras vive un drama brutal de puertas para adentro.

Está el super maduro que se pone a repartir candela a poco que algo le enfade, las animadoras que ya están hartas de animar, el que hace fotos todo el rato y recibe un nivel de bullying diez veces mayor que el de Hannah, el que hace la revista del instituto, el que no encaja ni con los “guays” ni con los “losers”, la tatuada que pasa de tanto imbécil, el orientador que habla como si acabara de despertarse (y sí que parece dormido el cabrón, al menos metafóricamente), el director al que le importa todo un carajo excepto su culo y, por supuesto, los padres de todos los anteriores. Y los dos protagonistas: Hannah Baker y Clay Jensen.

En un mundo perfecto (no hago spoilers porque esto se sabe desde el minuto uno), Hannah Baker y Clay Jensen se habrían enamorado perdidamente. En este mundo en el que vivimos, Hannah Baker se suicida harta ya de que quienes le rodean la traten como mierda y sin entender de qué va este mundo (y ya de paso sin entender que los micromundos que vivimos como niños y como adolescentes no son los micromundos que vivimos cuando podemos elegir a donde ir cada mañana) y el pobre Clay se queda en shock porque no entiende por qué Hannah

  1. se ha abierto las venas
  2. Lo ha hecho antes de que él diera el paso que por imbécil no dio meses antes. Cuando ella estaba viva.

Probablemente, porque han absorbido lo peor de la sociedad en la que viven y se dedican, como muchos de sus padres, a salvar el culo y salir a flote aunque sea a costa de hundir a las y los Hannah Baker de este mundo. Y ser masa. Y ocuparse de que la masa no se revuelva contra ellos.

Pues sí, Hannah abandona a tanto mediocre y se larga hacia la nada, pero antes de eso (y esto también se sabe en el minuto uno) deja una serie de cintas (de las de toda la vida) en la que explica quién le ha hecho daño (por acción u omisión) para tomar tan drástica decisión. Este verano le echaré mano al libro en el que está basada la serie.

http://www.thirteenreasonswhy.com/thirteenreasonswhy.html

¿Y qué hacemos los adultos para evitar que Hannah Baker se suicide? ¿Qué hacemos para evitar que se suiciden los niños y adolescentes que se han ido volando de todo el daño que los hijos de otros – no olvidemos esto nunca, LOS HIJOS DE OTROS- les procuraban por solo haber nacido? Ya respondo que no hemos hecho una mierda, pero la pregunta sería si vamos a hacer algo a partir de ahora.

Estos son algunos enlaces con suicidios de adolescentes en esta parte del Océano Atlántico. No hay que irse a ese país entre México y Canadá para encontrar estos casos. Sí, tal vez tu hijo, tu hermano o tu sobrino haya sido uno de los culpables de ese suicidio. Pero no pasa nada, ¿no? Total, tu hijo, tu hermano o tu sobrino están vivos y el otro es el que se ha suicidado.

https://www.lasexta.com/noticias/sociedad/se-suicida-un-nino-de-13-anos-lanzandose-por-un-acantilado-por-un-posible-caso-de-acoso-escolar-en-getxo-video_201906195d09ec0c0cf201155052adcf.html

https://www.elmundo.es/madrid/2019/04/05/5ca64fcffc6c838b218b4675.html

https://www.abc.es/hemeroteca/historico-26-09-2004/abc/Nacional/jokin-de-14-a%C3%B1os-prefirio-la-paz-eterna-al-infierno-cotidiano-de-su-instituto_9623848347808.html

Las autoridades educativas, cansados ya de tanto pésame y tanto lamento, procuraron un protocolo antibullying. ¿Pero nos enteramos en realidad del bullying? ¿Queremos enterarnos? ¿O es mejor pensar que es cosa de niños? ¿Que el acosado provoca también? Claro, a veces habla. Y claro que a veces insulta o intenta devolvérsela a quienes la hacen la vida imposible. ¿Debería ser Gandhi o la estatua de Gandhi acaso?

Las autoridades educativas han hecho el protocolo para que nadie les mire cuando un niño salta al vacío, pero lo que no hacen es interesarse por el ambiente que hay en esos institutos; si hay alumnos cagándose en sus profesores, si hay alumnos haciéndole la vida imposible a otros, si hay directivas haciendo la vida imposible a profesores o defendiendo la posición de los bullies porque los que reciben el bullying no son un problema para ellos; si hay padres que se piensan que los profesores son sus lacayos y que, como escoria social que son, han de hacerles caso en todo lo que ellos decidan puesto que el hecho de haber traído una criatura a este superpoblado mundo les da patente de corso para hacer lo que les venga en gana.

En resumen, ahora mismo se está haciendo bullying en algún sitio cercano a donde estoy. Tal vez, en la casa de al lado, mi pobre vecino – parece buen chaval- está haciendo o recibiendo bullying vía internet. Ahora ya no puedes irte a ninguna parte. Hay dos mundos, el real y el virtual. Y los adolescentes no saben. Y la mayoría de adultos (al menos los que ocupan puestos en los que se podría hacer algo) ni saben ni quieren saber.

https://psicologiaymente.com/forense/carta-diego-nino-suicido-victima-bullying

Si no hacemos algo en en este puto ya, el ritmo de depresión y suicidios se mantendrá o subirá.

#ContraElBullyingToleranciaCero