La conspiración del covid19 es tan secreta que es visible para todos y se llama realidad.

Tienen los negacionistas del covid su conspiración y empiezo a tener yo, ferviente creyente en el covid, mi conspiración también. La mía no tiene que ver con secretos oficiales ni con Bill Gates ni con Soros ni con nada que no se pueda ver. La mía tiene que ver con lo que se puede ver. Las estadísticas de infectados y fallecidos diarias. Las medidas gubernamentales ya sean de Madrid, vía BOE, o en mi caso, las de Andalucía, vía BOJA.

Mi conspiración es ver que la vida sigue y que cada vez más la masa desinformada e ignorante dice cosas como “total, qué más da, si lo vamos a pillar todos”. Esta es la masa que en ídem salió a la calle en junio como si no hubiera pasado nada. La misma que se ha pasado por el forro cualquier distancia social porque quién era nadie para privarles de besar a sus abuelos o a sus padres aunque fuera el beso de Judas, el que señalaba a quien había de morir, pasando también por cierto, su propio calvario.

Los políticos del gobierno de Madrid y del gobierno de Sevilla repiten sin cesar que los centros educativos son los lugares más seguros para el covid. La mayoría no tienen ni idea de lo que es un centro educativo. Y, por supuesto, no los verás entrar a ninguno este curso. Desde sus despachos, con sus medidas de seguridad extremas, hablar en ese tono me parece insultante para quien se está jugando el tipo en tantos centros educativos para que los padres y madres puedan dejar a sus hijos en alguna parte y vayan a trabajar.

Dicen que hay muy pocos casos. En Granada, por ejemplo, hay muchísimos casos de alumnos infectados, pero ojo, que aquí viene lo más terrible: la mayoría de los niños y buena parte de los adolescentes son asintomáticos por lo que van al centro educativo con su coronavirus durante días sin que nadie lo sepa porque no se hacen pruebas. Lo que sí sabemos es que las reuniones de más de seis personas están prohibidas en todas partes menos en las aulas donde se meten treinta personas o más. En cualquier análisis serio y no partidista habría que concluir que o bien la medida de las seis personas es una salvajada o bien permitir que se reúnan 30 personas o más en un aula durante cinco o seis diarias es una salvajada. Personalmente, pienso que la salvajada es lo segundo y aún más salvaje en tanto en cuanto se pensó un protocolo para confinar las clases de los infectados y se cambió en unos días al comprender que eso significaba muchísimas clases cerradas (y niños en casa) por lo que decidieron que lo adecuado era confinar solo a quien estuviera sentado cerca del positivo porque, claro, esos niños y niñas volaban desde su casa a su silla, no se movían, no salían al recreo a comer su bocadillo sin mascarilla ni estaban a diez centímetros de muchos de sus compañeros tanto en el recreo como en los pasillos. Vergüenza.

Mi conspiración es la sensación subjetiva – pero sin duda compartida por más gente- según la cual nuestros gobernantes no están intentando salvar vidas sino hacer imposibles ecuaciones para compensar la pérdida de vidas con la economía.

Habrá quien diga que hacen bien. Por ejemplo, oí al doctor Cavadas, ese genial cirujano y también asesino de ciervos con flechas, decir que hay que tener en cuenta la economía para las medidas que hay que tomar porque sin economía no habría salud tampoco. Ciertamente, es una paradoja según la cual hay que dejar que se infecten miles de personas de las cuales un porcentaje X morirá para que la economía siga y la medicina siga (desde luego ni la economía ni la medicina seguirán para quien haya muerto).

Los salvajes buscan el objetivo y las personas inteligentes y honradas observan los medios para conseguir ese objetivo. En ese sentido, entiendo que Macron es un salvaje porque incluso cuando manda confinar Francia decide mantener las escuelas abiertas aunque al menos hay que concederle, en parte, el valor de la sinceridad porque para justificar dicho disparate dijo “para que el tejido industrial siga adelante” y luego añadió, en una frase que no se creyó ni él, “y para que nuestros niños y jóvenes puedan sociabilizarse”, como si el hecho de estar un mes ahora como se estuvo en marzo y abril pudiera causarles un daño irreparable a la infancia y juventud francesa.

Por tanto, mi conspiración es que nuestros gobernantes no hacen todo lo posible para salvar la vida a sus gobernados, esto es, nosotros. Mi conspiración es que se está pesando en una balanza cuántos muertos son admisibles para compensarlos con la economía del país. Yo hubiera querido pensar que todos podíamos hacer esfuerzos en lo referente a la economía con tal de no morir nosotros, a quienes queremos o, incluso, iluso de mí, para que no mueran miles de desconocidos, pero que pueden ser tan conocidos como nuestro vecino del quinto o nuestro compañero de trabajo.

Pero no. En este tardocapitalismo, ni siquiera teniendo un gobierno supuestamente de izquierdas se pueden permitir centrarse en la salud pública por encima de la economía y aun muriendo cerca de 400 personas diarias, se va a seguir la rueda económica y no se va a confinar y, si se confina, se hará lo de Macron, que las escuelas y todos los trabajos sigan adelante. Evidentemente, algo se arreglará la situación, pero miles que podían haber sido salvados morirán y conviene decirlo.

Conviene tener claro qué tipo de sociedad somos, qué tipo de gobernantes y oposición a esos gobernantes tenemos. Saber quién dijo que las aulas eran lugares seguros. Saber quién decía que lo eran los bares y restaurantes cuando desde marzo había artículos en los que se demostraba que eran lugares perfectos para la infección por coronavirus si se usaban los lugares interiores y no se usaba mascarilla. Saber que hay quien viene a decir que la vida ha de continuar como antes porque la economía se está resintiendo mucho y eso es intolerable.

Pues bien, hasta aquí. Esta es mi conspiración. La mejor conspiración de todas puesto que no es posible descubrirla. Ya está descubierta. Es una conspiración de luz y taquígrafos: se ven los muertos diarios, los infectados diarios y las medidas gubernamentales que se están tomando y ya la tienes. En realidad, es la anticonspiración o, más terrible, nuestra realidad.

Es evidente que si el covid se quedara entre los humanos para siempre, habría que pensar que infectarse sería algo absolutamente inevitable. Sería como una prueba de fuego para cada uno. Lo coges, esperas, puede que no te pase nada, puede que mueras, puede que te quedes mal y no mueras, pero así sería. Pero el asunto es que DICEN que habrá una vacuna en los próximos meses y hasta donde llega mi comprensión las vacunas se usan para no infectarse de un patógeno. ¿De verdad que estamos dejando que mueran miles en los próximos meses si habrá una vacuna también en los próximos meses? Si siguen muriendo 400 al día en noviembre, tendremos DOCE MIL MUERTOS más a final de mes y si son, con suerte, 200 en diciembre, habrá que sumar SEIS MIL MUERTOS más hasta final de año. Dieciocho mil muertos que unir a los 35000 que dicen el gobierno y a los 50000 que dicen sus opositores derechistas. Eso sin contar a todos los muertos de enfermedades graves que no se están tratando por culpa del covid. Y cada vez son más.

Mi solución es tan sencilla como cara: confinen tal como se hizo en marzo, pero dejando un rato para salir a pasear SOLOS puesto que es evidente que pasear solo jamás ha producido un solo caso de infección. Todo lo demás es contrapeso MUERTOS/ECONOMÍA y, paradójicamente, vamos perdiendo en ambos lados de la balanza. Y la idea que no se me va de la cabeza: que somos números en una ecuación usada para averiguar cuál es el número de muertos admisible.

La BBC en tiempos del covid19: bodas, bautizos, comuniones e infectados.

Leo con estupor que hay una veintena de infectados por una boda en Oviedo. Otra boda supuso un buen número de infectados en Murcia, incluido el novio que trabaja en un centro de menores donde hubo un brote muy fuerte. Probablemente, el hombre llevó el coronavirus a la celebración de su boda y unos cuantos de esos que no pueden entender que vivimos en una puñetera pandemia, le abrazarían aunque tampoco hacía falta que le abrazaran para contagiarse del virus. Bastaba con que compartieran un espacio cerrado por varias horas. Lógicamente, mientras se come en un banquete no se puede tener la mascarilla puesta.

Tal vez el banquete fue al aire libre. Me da igual. A medida que pasan las horas en una boda, el alcohol hace su efecto y lo que eran normas rígidas unas horas antes, se convierten en descontrol, farra y desfase unas horas después.

No entiendo que la gente no pueda aplazar unos meses su celebración BBC. Bodas, bautizos y comuniones. ¿Les va a dar algo si no se casan mientras sufrimos esta pandemia?

Entiendo que si la pandemia no desapareciera nunca, al final tendríamos que convivir con ella, pero todo hace indicar – ojalá- que pueda haber vacunas para hacer desaparecer o cuanto menos mitigar los efectos asesinos del covid19.

Pero hete aquí que hay quien no puede esperar. Su puñetera boda. La comunión del niño. El bautizo, que no puede el bebé vivir sin ese sacramento unos meses más, ¡por dios!, nunca mejor dicho.

No tienen vergüenza. Todos estos que hacen sus bodas y sus celebraciones multitudinarias mientras sigue muriendo gente a decenas o centenas por días en este país y decenas de miles en el resto del mundo. Les importa una mierda quién muera. Solo les importaría que murieran ellos, pero es que ellos creen estar a salvo. Si no sintieran estar a salvo, no organizarían bodorrios (el de Murcia tenía más de doscientos invitados).

Otro tema es el de los políticos. Los políticos nos dicen que todo es muy duro, que va a haber que tomar medidas, pero mientras esperan a tomarlas, es legal hacer celebraciones de ese tipo, absolutamente gratuitas en el sentido de no ser necesarias que no – y he ahí el quid de la cuestión- en el dinero que se mueve alrededor de todo ello.

Pues nada, a ver quién es el imbécil que se está casando hoy o que se casa mañana o que no puede esperar unos meses a que sus hijos estén en más gracia divina aún (que por cierto, se pueden realizar todos esos sacramentos sin celebración posterior, pero claro, no hay regalos y eso no mola), pero que no olviden que para que sus hijos estén en gracia divina o su unión consagrada por la Iglesia o por el estado, tal vez haya quien, por su culpa, viaje al otro mundo a ver si hay dios que le reciba.

Links de las noticias referidas:

https://www.lavozdeasturias.es/noticia/oviedo/2020/09/25/boda-provoca-nuevo-brote-veintena-infectados-oviedo/00031601035483173471534.htm?fbclid=IwAR05h1KL5ZS5VqZX_nPpRjNH3AdiXv2B1tjYFKGbDKftAMncA7VrXWIQEM8

https://www.laverdad.es/murcia/ciudad-murcia/brote-boda-murcia-20200820133733-nt.html?ref=https:%2F%2Fwww.google.com%2F

Ilegalizar a los rojos en España (otra vez)

Espantado me hallo ante declaraciones de políticos de PP y VOX en las que se pone en cuestión que ser rojo en España pueda ser legal.

Nada nuevo bajo o cara al sol, sin duda. Ya se pasaron cuarenta años de dictadura en la que ser rojo al principio te costaba la vida y luego cárcel. Lo significativo es que esa dictadura acabó en 1977, cuando se realizaron las primeras elecciones democráticas.

Hace cuarenta y tres años, bramaban Blas Piñar y Manuel Fraga contra “los marxistas”, pero ciertamente nadie (tal vez solo Fuerza Nueva) quería ahondar en la ilegalización de los partidos de izquierda, fuera el PCE o partidos regionalistas o independentistas.  

Pero ahora todo odio es lícito. Hablan de comunismo como si toda la izquierda española fuera comunista. Como si Podemos fuera un partido comunista. Precisamente nació Podemos para acabar con el PCE o, cabría decir, porque el PCE estaba acabando.

La estrategia de la derecha más rancia es la ilegalización. Ellos son intocables y se pueden permitir lujos como alentar a que se acose al vicepresidente y  una ministra en su domicilio (los putos rojos no pueden vivir en chalets ni ser vecinos de gente respetable patriota española) o salir a la calle a montarla en plena pandemia mundial en la Revolución de los Cayetanos que fue, entiendo, porque consideraban que el gobierno había hecho una mala gestión del coronavirus, precisamente, la misma gestión que Italia o Francia y bastante mejor que Estados Unidos, Reino Unido o Brasil donde gobierna la derecha o la extrema derecha. Que nadie olvide que el lunes posterior a la declaración del estado de alarma, Santiago Abascal estaba diciendo “España no puede parar”. Luego los mismos querían llevar al patíbulo a otros por no haber parado antes, pero al mismo tiempo decían que tampoco había que parar ni en el peor momento. Esquizofrenia programada.

Como ilegalizar por rojo queda como mal de cara a la opinión pública internacional, lo que parece estar tramando la derecha política y mediática es convertir a Podemos en criminales.

¿Cómo se convierte en criminal a un partido político y a sus líderes si no realizan actos criminales?

Hay que utilizar la hipérbole como arma y la tergiversación como táctica.

Si un director de revista le da una copia a Pablo Iglesias de la tarjeta que le han robado a Pablo Iglesias para descubrir secretos para hundir a Pablo Iglesias y a su partido Podemos, entonces manoseamos, mezclamos, manipulamos, metemos todo en un cubo de azufre y llegamos a decir, prácticamente, que igual Pablo Iglesias va a la cárcel porque le robaron una tarjeta. Así está España en 2020.

Ahora viene lo de la financiación del partido. ¿Que el Tribunal de Cuentas le pide a Podemos medio millón de euros porque no se han gastado ese dinero en seguridad? Titularazos y trullo preparado para esos ladrones rojos que nada menos que han echado al honorable don Juan Carlos I para desviar la atención sobre esto, cuando el Tribunal de Cuentas cada año exige a los partidos devolver dinero supuestamente mal gastado y esos partidos se chotean del Tribunal de Cuentas como si fueran adolescentes con sus padres regañándoles sin mucha convicción.

¿Y culpar a Podemos de que Juan Carlos se fugue? ¿Pero qué tendrá que ver Podemos con los cientos de millones ocultos al fisco español y con lo que la fiscalía de Suiza (a Juan Carlos la española le importa tres pepinos porque si se acerca el hombre por allí, se le cuadran todos como si fuera un pase de revista del ejército) pueda considerar ilegal?

En resumen, preparar el camino para un Lulazo, para meter en la cárcel a Iglesias de cualquier modo y por cualquier cosa, ilegalizar a Podemos o, en su defecto, obligar al PSOE a desestimar a Podemos como socios de gobierno por “criminales”.

Pero no hay crimen. Hay ideología. Ser rojos. Ser de izquierda. Pedir justicia social. Practicarla.

Hemos de estar muy atentos. Nosotros (la izquierda real de este país) no somos tan ruines como ellos ni pedimos la ilegalización del PP por corrupción generalizada y por destrucción del medio ambiente aparte de destrozar la Sanidad Pública y también la Educación, pero tampoco deberíamos permitir que ellos pidan la nuestra o que determinadas personas de izquierdas tengan que irse de bares porque los herederos de Fuerza Nueva les vuelven a perseguir tal como sucedía hace cuarenta años (leer La transición sangrienta de Mariano Sánchez Soler).

Pablo Casado sí parece pedir la ilegalización de la izquierda en España. Y eso es muy grave. Como casi todo lo que está pasando en España este año, eso es gravísimo. No lo dejemos pasar como si fuera normal.

Cambiando un poco lo que dijo aquel, elevemos a la categoría política de anormal lo que en la calle, simplemente, es anormal.

Los millenials y el COVID-19: ¡disfrutando el verano 2020 a muerte!

Generalizar es mentir y a Maradona pongo por testigo de que hay gente con menos de treinta años solidarios, inteligentes, responsables, gente en la que se puede confiar tu vida. El problema es que son los menos.

Los más entre los millenials, postmillenials y los baby blandurri son aquellos que piensan que su ombligo es el eje del planeta; que su culo, la Joya del Nilo; que su genital correspondiente, el centro gravitatorio de la Galaxia. Y es muy complicado.

Es muy complicado que estos jóvenes siquiera piensen un momento en términos comunitarios y dediquen unos minutos de su tiempo a reflexionar sobre el COVID-19, en el mejor modo de paralizarlo, en lo terrible que sería que otra vez volviéramos al confinamiento, más aun si ocurre en verano con cuarenta grados de temperatura.

No lo hacen. Ellos prefieren sus botellones, sus fiestecitas, sus reuniones, sus “a mí es que no me afecta porque soy joven”. Ha muerto gente con edades comprendidas entre los 15 y 30 años de COVID-19. No uno ni dos sino varias personas que se sentirían (algunos) tan potentes y resistentes como estos gañanes y que murieron de la manera más atroz. Pero no tiene nada que ver con ellos.

No. Si hay una pandemia mundial y han muerto decenas de miles de personas, nada tiene que ver con los millenials y postmillenials, for fuck’s sake. Ellos no mueren, por tanto, ¿qué problema hay?

Ciertamente, estos veinteañeros sin corazón ninguno y con serrín donde debería haber varios millones de neuronas no son los únicos responsables de lo que está pasando. Los gobiernos autonómicos abren su ocio para que la gente participe y cuando participa, se echan las manos a la cabeza. En Córdoba hubo una graduación de colegio pijo en una discoteca y cogió el virus hasta el apuntador. ¿Cómo se puede pensar que mientras estemos así se puede dar permiso para abrir una discoteca? ¿Hay un caldo de cultivo mejor para el COVID-19?

¿Cómo se le puede decir a la gente que salga y que no salga, que haga vida medio normal y que no la haga, que gaste su dinero en ocio, pero que mejor en ocio no?

Los jóvenes, en general, están demostrando ser ultra egoístas e irresponsables, pero los políticos también están demostrando ser poco coherentes. Ninguno quiere ser apuntado por los hosteleros, esos pobrecitos que nos van a enterrar a todos. Pero lo cierto es que no debería abrirse ningún espacio cerrado para el ocio. Aire libre o nada. Terrazas, sí, salones, no.

Y las hordas de psicópatas incapaces de sentir empatía por nadie excepto por ellos mismos, multados cada día. Porque esa es otra. Mucho pesar del político de turno, mucho “es que los jóvenes no están demostrando conciencia” pero cero multas, que son sus hijos, coño, no vayamos a equivocarnos.

Pues nada. Empieza agosto y los millenials y posteriores ya están agendando fiestas. Hay que aprovechar la juventud, joder, que son dos días. ¿El COVID-19? “Eso no nos afecta” dicen con media sonrisa. Que muera su abuela, su tío o su padre es lo de menos. Agosto de 2020 solo hay uno y hay que disfrutarlo. Hombre ya.

¡A muerte!

(extracto de “Caos muy berraco” sobre los millenials, postmillenials y los baby blandurri)

Vaya mierda de mundo me están dejando, joder.

Estos jodidos millenials. No es que no tengan ni puta idea de lo que va la vida. Eso sería, incluso, comprensible. El problema es que son tan jodidamente arrogantes que para ellos la vida irá de lo que ellos decidan que vaya. Puto desastre de generación. Vienen manchando a lo grande con su mierda mental. Les pagan novecientos euros por un trabajo por el que deberían recibir mil ochocientos y ellos dan botes de alegría pues ni imaginan lo que es luchar en la calle ni asustar al Poder. Van dejando su semilla individualista y superficial por toda esta sociedad fallida que vomitamos cada día. Van cogiendo sus Uber y pateando a los taxistas patrios para que algún yanqui se apunte seis mil euros el minuto mientras folla con una sirena en Seychelles. Dan mejor servicio, dicen, como si todos hubieran nacido en putas mansiones y tuvieran apellidos con guiones; como si sus bisabuelos no hubieran muerto a manos de italianos fascistas en el frente de Málaga o sudando como cerdos en Cerro Muriano. Como si sus abuelos no hubieran pasado hambre en la postguerra o como si sus padres no hubieran pasado sus veranos en barriadas obreras preguntándose por qué era que otros lo tenían todo mientras a ellos les quedaba ocupar un banco de la plaza hasta las tres de la mañana y cruzando los dedos para que el calor les dejara dormir al volver a casa.

Sin duda, me tienen desesperanzado los millenials, los postmillenials y ya ni te cuento los baby blandurri que vienen detrás. Todo, lo merecen todo por haber nacido y al de al lado, si puedes, le hundes, que así mola más.

Los muy cabrones le harían bullying hasta a la Madre Teresa, por fea y pobretona[1].


[1] Generalizar conlleva la injusticia y doy fe que algunos, pocos pero algunos, de todos aquellos nacidos a partir de 1985, han podido zafarse de toda esta avalancha de superficialidad consumista y juro que me conmuevo cuando encuentro a adolescentes o jóvenes solidarios, casi siempre señalados por la inmunda turba.

El yolleo y lo común

Siempre me ha encantado este poema de Oliverio Girondo (qué grande fue Oliverio Girondo y qué antes nació):

Oliverio Girondo

Yolleo

Eh vos
tatacombo
soy yo
di
no me oyes
tataconco
soy yo sin vos
sin voz
aquí yollando
con mi yo sólo solo que yolla y yolla y yolla
entre mis subyollitos tan nimios micropsíquicos
lo sé
lo sé y tanto
desde el yo mero mínimo al verme yo harto en todo
junto a mis ya muertos y revivos yoes siempre siempre
yollando y yoyollando siempre
por qué
si sos
por qué di
eh vos
no me oyes
tatatodo
por qué tanto yollar
responde
y hasta cuándo.

FIN

Y que no digo que en comunidad, pero si tenemos algo en común que es este mundo y estas ciudades y estos pueblos, habrá que hacer como Oliverio y llamar, eh, que estoy aquí solo y también como mi descubrimiento de la década, que no le conocí hasta agosto pasado y ahora no paro de oírle cada día, como si me hubiera colonizado la música el astur versado este, Nacho Vegas:

En soledad nos quieren o en unidades familiares, para comprar, atiborrarnos, fundir tarjetas de crédito, ahondar en la deuda comprando lo no necesario como si fuera oxígeno en la superficie de la luna.

Pero digamos no, tatacombo. Di, ¿no me oyes?

Soy yo sin vos.

Aquí yollando.

Imagen: Nacho Vegas en Creative Commons

imagen: green man by oooh.oooh

Michael Jordan: cuando el bullying lo hace el más brillante

Las variables del bullying son tantas como los contextos de colectivos de humanos en los que ocurre. Todo el mundo sabe de qué se trata cuando se habla de bullying en un centro educativo. Pero el bullying no está circunscrito solo a ellos. Hay bullying en centros de trabajo, en organizaciones sindicales, en partidos políticos. Y lo hay también en equipos deportivos. Hay bullying entre niños, entre adolescentes, entre adultos y, seguramente, lo habrá también entre ancianos.

Los bullies son también de tipología variada. Normalmente, comparten una característica, la envidia. Envidian algo del objeto de su bullying y su manera de reaccionar es intentar aniquilarlo socialmente, amargarle la vida y en muchos casos, enseñarle el camino del suicidio. También hay un componente de inseguridad detrás de muchos casos de bullying. Curiosamente, no es la inseguridad de la víctima sino del bully, que reafirma su personalidad sobre el daño infligido a un semejante y del grupo que vitorea y participa y une lazos a través del dolor ajeno. Otras veces, es el puro sadismo el que actúa sin más razones detrás. El sadismo y la impunidad, claro, puesto que el bully busca presas que no respondan. De lo contrario no se podría ejercer una práctica diaria de tortura física o psicológica. Tiene que ser una presa fácil. Alguien física o emocionalmente más débil con el que jugar como si fuera un yo-yo. Alguien a quien despojarle de su dignidad sin una justa retribución.

En el caso de Michael Jordan hablamos de un bully que tiene más que ver con la explotación laboral que con cualquier cuestión anterior. Evidentemente, hay un componente sádico en la actitud que tenía con sus compañeros. Sin ese sadismo es imposible actuar de ese modo. Pero hay quien le justifica e, incluso, jalea porque en realidad lo que Michael Jordan quería era ganar. Él ponía todo de su parte. Se entrenaba como el que más y, además, era el mejor jugador del mundo y, probablemente, el mejor que ha existido. Y Jordan quería resultados y pensaba que el mejor modo de obtenerlos era acosar a todo aquel compañero que considerara él que no estaba dando su máximo nivel. En fin, ninguno era Michael Jordan ni se le acercaba. ¿Por qué fallaban tantos tiros? ¿Por qué no defendían tan bien como lo hacía él? ¿Por qué no eran tan rápidos, fuertes y atléticos como él?

Jordan se dedicaba a insultar y humillar a todo aquel compañero que hubiera juzgado y sentenciado él. ¿El crimen? No estar al nivel que tenían que estar para ganar. Prácticamente, con más o menos intensidad o con más o menos frecuencia, fue a por todos sus compañeros excepto a por su amigo Pippen (que en el documental se demuestra que es el menos profesional de todos). Pero no para ahí la cosa: Jordan fue a por el general manager, por periodistas, por rivales, por todo aquel que no hiciera exactamente lo que él pensaba que tenían que hacer. Y cuando nada sucedía para quebrantar el ánimo de emperador romano de Jordan, Jordan se lo inventaba. Él lo justifica a sus más de cincuenta años con que necesitaba motivación.

Uno se imagina a uno de los Beatles ridiculizando a algún grupo de música porque no son tan grandes como los Beatles. Uno se imagina a Leonardo DiCaprio riéndose de actores que no han ganado nunca un Oscar. Uno se imagina a Benedetti riéndose de poetas que no publicaron nunca un libro. Pero lo cierto es que no. Uno no puede imaginar eso porque lo considera imposible. Por muy grande que se haya sido, nadie tiene el derecho a reírse de los demás. Ese derecho no se gana nunca. Porque es un derecho que no existe. El derecho a ser bully no existe. Y si Michael Jordan se lo arrogó fue porque nadie dentro de los Bulls quería importunar al mejor del equipo, al único imprescindible. Y ello nos lleva a la pregunta que sugiere el título: ¿qué ocurre cuando el bullying lo practica el más brillante?

El testimonio de varios compañeros que sufrieron ese bullying es muy parecido al testimonio de mujeres que, sufriendo o habiendo sufrido malos tratos por parte de su pareja, justifican ese tipo de relación. Siempre hay un bien mayor. En el caso de los Bulls, ganar. En el caso de esas mujeres que justifican a quien les aterroriza, el matrimonio, los hijos, los celos, pero celos por el gran amor que él siente por ella, lo que sea con tal de no dar un golpe en la mesa y gritar “basta”.

Evidentemente, hubo quien no soportó ese bullying y se encaró con el bully supremo. Michael Jordan hizo lo que suelen hacer los bullies cuando eso ocurre: cagarse encima. Le pasó con Robert Parish y a Bill Cartwight. Ambos le dejaron claro a MJ que no iban a tolerarle una más. En el caso de Bill, le dijo -se dice- que si le hacía una más terminaría su carrera en el baloncesto porque le iba a partir las dos piernas. Cuentan que Michael le sostuvo la mirada sin decir nada. Y por supuesto dejó de hacerle bullying. Por su bien y el de sus piernas.

Porque contra los bullies no hay otra que revolverse. En el caso de los adultos jugadores de Bulls que soportaron las embestidas de Jordan, ellos sabrán por qué lo hicieron. Alguno plantaron cara en su momento y otros se comieron todas juntas y encima tienen que justificarle más de veinte años después en un documental que se ha visto en todo el mundo. Eran adultos entonces y lo son ahora. Lo preocupante es cuando le sucede a un niño o a un adolescente. Personas que no están formadas y que no tienen los recursos emocionales necesarios para soportar todo eso sin que el daño haga mella en sus emociones y en su personalidad presente y futura.

En este punto sí debemos ser implacables. Porque de nada sirve lamentarse y darse golpes en el pecho cuando los niños o los adolescentes saltan por la ventana como única solución a su dolor. Entonces es jodidamente tarde y todas vuestras palabras de luto y consternación no valen para una puta mierda y bien podríais ahorrároslas. Hay que actuar antes. Hay que detectar y hay que castigar a los bullies de acuerdo con su horrible crimen cometido. Ni medias tintas ni paños calientes. Y, por supuesto, tolerancia cero con el bullying. Hacer daño a alguien de manera sistemática y solo por el placer de hacerlo es un crimen. Si lo comete un grupo de niños de doce años sigue siendo un crimen aunque los niños sean inimputables. No es cosa de niños amargarle la vida a nadie. Si consideramos que vivimos en una sociedad civilizada, no debería serlo nunca.

Malditos sean los bullies y los que los amparan, defienden, miran para otro lado o justifican el acoso. Bien podría meterse Michael Jordan los seis anillos ganados acosando a sus compañeros por el orto. El mejor jugador de baloncesto de todos los tiempos y también el más imbécil.

Imagen destacada: Michael Jordan by Mexicaans fotomagazijn

¡Es la sanidad, estúpidos!

Se hizo famosa durante la primera campaña electoral a la presidencia de Bill “el sexo oral no es sexo” Clinton la frase “es la economía, estúpido”. En realidad, según la siempre útil wikipedia, no era un eslogan de campaña sino una línea maestra marcada por el director de campaña para olvidar la política exterior donde el rival de Clinton, Bush Padre, había visto caer de maduro a su gigante enemigo, la URSS.

En cualquier caso, me sirve la frase como marco de otra que me parece mucho más interesante: “¡Es la sanidad, estúpidos!”.

Se ha demostrado en este mes y medio que, sin duda, es la sanidad. Porque nos importa tres pepinos que Messi sea capaz de cosas imposibles. Nos importa un comino que Rafa Nadal vuelva a ganar o no un grand slam o que Pau Gasol se recupere y pueda jugar los Juegos Olímpicos o no. Buena suerte a esos muchachos, pero si se tiene dos dedos de frente, a día de hoy, nos importa más que las UCIs de los hospitales no estén presionadas, que los sanitarios estén bien equipados y que puedan desarrollar su trabajo sin pensar, por un momento, que podrían morir en el empeño.

Ahora mismo, a cualquier persona con un mínimo de inteligencia (que en este país no son, ni mucho menos, todas) le importa más si hay enfermeros suficientes en el hospital que pudiera corresponderle si enferma que cualquier otra cosa que era – o parecía ser- absolutamente imprescindible a comienzos del mes pasado. Quien dice enfermeros dice médicos, respiradores, EPIs para sanitarios, etc.

Una auxiliar de clínica tiene más importancia que todas las películas de Quentin Tarantino y, por supuesto, que el propio Quentin Tarantino.

Cuando todo era felicidad neandertal a nuestro alrededor, se pensó que la sanidad era un lujo que había que pagarse aparte. Entre funcionarios y clientes individuales, la sanidad privada tiene un peso muy relevante en España. Lo tiene porque se estaba abandonando la Sanidad Pública de tal forma que alguien que se sintiera enfermo y necesitara una prueba y a quien le fijaban dicha prueba para dos meses después, echaba mano de sus ahorros, grandes o pequeños, porque nada hay más importante que la salud. Absolutamente nada. Y nada hace más pueblo a un pueblo que puede sentirse orgulloso de su sanidad pública. Que le den al fútbol, al baloncesto, al tenis y a todos los logros deportivos que no valen para una puñetera mierda a la hora de la verdad.

Esta es la hora de la verdad. Y ahora no importan cuántos mundiales de fútbol, de baloncesto o cuántos Gran Slams hayan ganado los tenistas patrios. No sólo no importan. Es insignificante. Lo significante, lo que de verdad importa, es si vamos a seguir vivos y si van a seguir vivas las personas que queremos. Y eso se consigue con sanidad. Sanidad para todos. De calidad.

Nuestro Messi ahora son los que están investigando para una cura y una vacuna. Y cuando encuentren esa cura y/o esa vacuna (como todos queremos), no volverá a ser Messi nuestro Messi. Al menos, no el mío. El mío será (porque ya lo era) el investigador que seguirá necesitando fondos para investigar sobre el cáncer o sobre las enfermedades autoinmunes o sobre las enfermedades raras que, valga el oxímoron, cada vez son más comunes. Mi héroe será esa doctora que opera a corazón abierto o ese auxiliar de clínica que limpia a ese enfermo que podría ser yo. Imprescindible será esa internista que acierta con el tratamiento adecuado para salvar la vida de esa persona que se debate entre la vida y la muerte en una UCI.

Por eso digo lo de antes. Si queremos invertir en algo que de verdad es relevante, algo que de verdad importa y algo que no solo nos va a alegrar la vida sino que va a impedir que nos la arrebaten, “es la sanidad, estúpidos”. Es la sanidad pública. Y tiene que ser de calidad, tiene que ser rápida y tiene que ser para todos y todas.

Imagen de Creative Commons. Autor: ec-jpr

Patriotas en mitad de una pandemia

Patriotas en mitad de una pandemia

Agazapados cuando vigías hacían falta.

Escondidos cuando necesitábamos tablas

a las que asirnos para salvarnos del naufragio.

Grandilocuentes en el relato de lo sucedido.

Acusadores de crímenes que han cometido.

Sienten más a los muertos que los padres.

Sienten más a los muertos que los hijos.

Seguirán retrepados como ratas de alcantarilla

esperando la oportunidad de un trozo de pan

que masticar a conciencia y luego vuelta a la cloaca

porque tal vez mañana puedan volver a comer.

España se desangra y sólo ellos pueden salvarla.

España se desangraba porque ellos

y sus padres y sus abuelos y bisabuelos pensaron

que para salvar a España

había que matar la mitad de España.

Patriotas patrios: apartad de nosotros ese cáliz.

                   Charly Beteta (abril 2020)

Imagen destacada: de Creative Commons, por Franco Pecchio de Milán, Italia.

Caceroladas para un golpe de estado

La derecha española no dejar de sorprenderme. Han convocado esta noche una cacerolada que amenazan con mantener durante todo el confinamiento hasta que los suyos entren en el gobierno siguiendo su eterno principio de “nosotros o el golpe de estado”.

Así ha sido desde que el 17 de julio de 1936 se rebelaron las tropas militares españolas en el norte de África y les siguieran buena parte del ejército peninsular el 18 y el 19 posteriores, tal vez con el paréntesis de la década de los ochenta una vez que el golpe de verdad con sus militares ocupando el Congreso y movilizados en Valencia aquel 23 de febrero de 1981  resultara fallido. O gobierna la derecha o en España hay golpe de estado, amenaza de golpe de estado o estado de furia para pavimentar el golpe de estado. No hay más opción.

Uno podría pensar que si hay un enemigo común que nos va asesinando sin distinguir credo, edad (ya no se oyen a aquellos de “sólo los viejos y los que tengan patologías previas”) o ideología sería inteligente que todos hiciéramos un frente común para vencer a ese enemigo. Una vez vencido, sería también inteligente analizar los pasos dados para depurar las responsabilidades pertinentes y para que sirva de aprendizaje para futuros ataques. Eso sería lo inteligente. No lo que lleva haciendo la derecha desde el lunes 16 de marzo, primer día laborable del confinamiento. Desde ese día, todo tipo de ataques han salido de sus filas o de sus acólitos enardeciendo el mensaje a medida que los fallecidos iban aumentando. Más fallecidos, más ataques.

¿Creéis, hijos ideológicos de Goebbels y Millán Astray, que esos son vuestros muertos? Pues os diré algo: son los muertos de todos. Capitalizar esos muertos como vuestros porque sois los más españoles entre los españoles y vivaspaña y arribaspaña es sólo parte de vuestras actividades de hienas inmundas, neandertales incapaces de entender que el drama que estamos viviendo lo estamos viviendo todos, que no dijisteis una sola palabra de confinar a nadie hasta el 11 de marzo, que habríais puesto el grito en el cielo si España (uno de los países más turísticos del mundo) hubiese cerrado todo a finales de febrero (como el tiempo ha demostrado que era la única opción de evitar el desastre porque tanto desastre me parece treinta mil muertos, nueve mil muertos o mil muertos).

Ahora os dedicáis a poner todos los palos en la rueda posible mientras os hacéis llamar patriotas sin entender que la vida de todos (tanto si morimos o mueren nuestros seres queridos como si nos empobrecemos exponencialmente) depende de las decisiones del gobierno que tenemos y que sólo a un hatajo de fascistas iletrados que sólo han aprendido a insultar y a usar su bilis como arma se les ocurriría jugar al golpismo, otra vez,  mientras el enemigo sigue haciéndose con cuerpos y matando a quien puede.

Ni España os pertenece ni es sólo vuestro este dolor. Sí es sólo vuestro ocuparos de dañar al gobierno mientras dura esta guerra de un virus contra la población de todo el planeta. Y que, por ahora, va ganando ese virus.

imagen destacada: de Creative Commons, creada por follyofreason

Pandemia en los tiempos de la derecha con bilis

La epidemia del coronavirus ha puesto de manifiesto algo que ni siquiera imaginábamos los más derrotistas sobre la actitud de la derecha española: es para ellos más importante que el gobierno de España no sea de izquierdas a seguir viviendo.

Es decir, hay un virus de lo más cabrón matando a cientos de personas diariamente y encuentras que tanto los periódicos de la derecha (El Mundo, ABC, La Razón) como los derechistas individualmente vía twitter, facebook o whatsapp están más ocupados en echar abajo el gobierno que en unirnos todos puesto que nadie, desde Ortega Smith a Óscar Reina, secretario general del sindicato SAT (qué apellido para alguien del SAT), quiere morir o que mueran las personas que quiere. De hecho, quiero pensar que la mayoría deseamos que pare de morir gente ahora mismo y que esta pesadilla desaparezca. Quiero entender que ese es objetivo común. Volver a retomar nuestras vidas. Disfrutar nuestras calles. Amar a quienes amábamos.  

Es por ello que me parece sorprendente ver que twitter está lleno cada día de hashtags como #SanchezDimisionYa #PodemosPandemia #VicePandemias y todo el aluvión de bilis que cada día reparte esta cohorte de trifáchicos (es muy sorprendente viendo twitter que la izquierda ganara las elecciones dos veces seguidas) para debilitar al gobierno que va a salvarles el culo o a condenarles a la muerte o a la ruina económica o social.

Me parece evidente que el gobierno de España se equivocó. Nadie a estas alturas puede defender que Pedro Sánchez y sus asesores científicos acertaron sobre la mejor manera de encarar este virus que nos había dado semanas para pensar. Ni el gobierno de España ni ningún otro gobierno europeo movió un dedo cuando estaban muriendo cientos de chinos. Ni siquiera cuando estaban muriendo decenas de italianos. Todo era felicidad y alegría y escucha a ese virólogo de prestigio llamado Lorenzo Milá que te va a dar varias lecciones sobre la vida y los virus y los alarmistas y no escuches a Iker Jiménez que ve fantasmas y mira, mira, que Fernando Simón dice que está todo bajo control y que no hay problema alguno en España. Total, es un gripe o incluso menos, que la gripe mata más. Claro.

Es evidente que habrá que reflexionar sobre varios temas cuando esta pesadilla haya pasado (si es que pasa y ya veremos cómo pasa), pero cenutrios y zoquetes de la derecha española, muy española, ¿por qué es tan difícil de entender para vosotros que debilitar al gobierno en momentos de vida o muerte no es la mejor manera de encarar este virus?

Os guste o no, tenemos algo en común: somos humanos y este virus nos mata o mata a quienes queremos. No distingue entre izquierdas o derechas. ¿No os vale la pena que luchemos todos juntos contra el virus? ¿No sois capaces de esperar un tiempo para exponer vuestras reivindicaciones y para luchar contra los contubernios socialcomunistas que tanto odiáis?

Por último: el gobierno de España socialcomunista, comeniños, traidor, felón, antiespañol y proetarra no hizo nada hasta que pasó el 8M. Cierto. Error. Pero el mismo puñetero error que el que haya podido cometer el de Francia, Portugal o Alemania. El mismo o menos, porque incluso tomó medidas drásticas antes que esos países.

A ver si os entra en vuestra mollera derechista: estamos juntos en esto. No queremos que muera nadie más. Queremos volver a vivir. Este virus lo paramos unidos.