Reduction ad Hitlerum, la Ley de Godwin y los cientos de muertos de covid diarios

Se entiende por Reductio ad Hitlerum un tipo de falacia por la cual se intenta desacreditar cualquier cosa si era algo que también Hitler hacía. Por ejemplo, ser vegetariano, tratar bien a los perros, oír la música de Wagner, etc.

Se acepta que es falaz considerar algo esencialmente malo porque lo hiciera Hitler. En todo caso, será malo lo que el genocida hiciera de malo, esto es, provocar una guerra mundial, mandar a millones de personas a la cámara de gas, acabar con cualquier atisbo de libertad en Alemania y los territorios ocupados, etc.

Otra gente piensa que reductio ad Hitlerum se refiere a que en una conversación en tanto que se alarga, se tiende a hacer comparaciones con Hitler o con el nazismo. Pero esta no es la reductio ad Hitlerum sino la Ley de Godwin. Veamos qué dice la Ley de Godwin:

“A medida que una discusión se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis tiende a uno”.

La veo muy real. Y si es en un homenaje a la División Azul en pleno centro de Madrid, lo veo clarinete. Después de todo, ¿para qué fue la División Azul a Rusia sino para luchar al lado y bajo las órdenes de Hitler?

En cualquier caso, me desvío. Todo esto iba de cómo se tiende a comparar todo con Hitler y con el nazismo. Y eso es lo que yo voy a hacer. Pero como mi blog ya solo habla de coronavirus, tendré que usar el coronavirus para hacerlo. Y es que he terminado de ver el Informativo de Telecinco de hoy 22 de febrero de 2021 y me he dicho: ¿habrá muerto hoy alguien de coronavirus en España? Porque esta gente no lo ha dicho. Y si lo ha dicho, estaría yo llevando los platos de la cena a la cocina y en ese ínterin de 30 segundos igual lo han soltado para a continuación contar cualquier noticia chorra con la que sacar el champán, algo del tipo “no sé quién ha superado el coronavirus” algo de lo que yo me alegro mucho, pero cuando mueren cientos y cientos me parece sorprendente que el mismo tiempo que ocupa esa noticia, la ocupe algo del tipo “eh, eh, que hay alguien que ha superado el virus”. “Ah, bueno, me quedo más tranquilo entonces”.

En fin, me da a mí que esta gente de Telecinco con la que intento evitar al inefable Vicente Vallés, no ha dicho, como no ha dicho muchísimas noches, cuánta gente ha muerto hoy en España de coronavirus. Y resulta que han sido 535 personas. No digo 53. No digo 35. No digo 353. No. Digo 535 personas. Divididas por 192, me sale 2,78 veces las víctimas del 11M. Ni mencionarlo. Ni una palabra. Total, hay gente que quema contenedores. Hay gente que se vuelve a ver después de no sé cuánto tiempo. Hay no sé qué de la Semana Santa de Sevilla. ¿Le puede importar a alguien que hayan muerto 535 personas en España hoy? Nah.

Y aquí viene la comparación con Hitler y el nazismo:

Muchas veces, tras ver una película o un documental o leer un libro sobre el Holocausto, nos hemos preguntado: ¿pero cómo no le importaba a nadie lo que estaba pasando con los judíos en Alemania y en los territorios ocupados por los nazis? Ni lo que les pasaba a los comunistas ni a los gitanos ni a los Testigos de Jehová. Los estaban exterminando y parecía que no le importaba a absolutamente nadie, Iglesia Católica incluida.

Hasta nos habremos llevado las manos a la cabeza porque sucediera así. Se supo después que todos los estados implicados en la Segunda Guerra Mundial sabían, detalle más, detalle menos, lo que estaba pasando con los judíos y resto de grupos señalados para el exterminio. Y, por supuesto y casi mejor que nadie, la Iglesia Católica. No hicieron nada. Desde 1940 podían los británicos entrar por el aire en Alemania para bombardear sus ciudades, pero fíjate qué cosas que no pudieron ni ellos ni los estadounidenses ni tampoco luego los soviéticos bombardear vías de tren o comunicaciones esenciales para llevar a cabo el Holocausto. Tenían sus temas. Tenían sus prioridades y los judíos y demás presos en campos de trabajo/exterminio no estaban, desde luego, en la parte alta de la lista.

En resumen: los judíos murieron por millones y los demás grupos que he mencionado en número de decenas de miles o cientos de miles. Luego ya sí, luego ya fue el momento de rasgarse las vestiduras y de culpar a los nazis de todo aquel horror. Sin duda, fueron los nazis los culpables de aquel horror, pero había también un culpable, no uno que hubiera decidido el exterminio ni uno que lo hubiera llevado a cabo, pero sí uno que pudo, si bien no evitarlo, al menos, dificultarlo. Y esos eran los aliados. Los que miraron para otro lado. Los que sabían lo que estaba pasando.

¿Quiénes son los nazis y quiénes los aliados en esta historia del covid19 en España? Bueno, sabemos que los judíos/víctimas son esas personas que están muriendo a cientos cada día. Que cada uno realice su propia asignación de personajes. A mí lo que me escalofría es que está muriendo la gente en masa y a nadie parece importarle mucho.

En este artículo de hoy se explica bastante bien el grado de ignominia:

https://www.huffingtonpost.es/entry/la-radio-francesa-alucina-con-madrid-y-describe-en-dos-palabras-todo-lo-que-esta-pasando_es_60338933c5b66dfc101fef54

En una plaza con las tapitas y un poco más allá la gente con los tubos metidos. Así estamos.

¿Que nadie fue a ayudar a los judíos en el Holocausto? ¡Pero si estos cabrones están tomando cañas cuando en este caso hasta ellos podrían ser los que cayeran en unas semanas o unos meses! ¿Cómo queremos que hubieran ayudado a las víctimas de un régimen de un país extranjero si estos no son capaces ni de preocuparse cinco minutos por los cientos que mueren a unos metros de ellos?

Pues sí, otro día más sintiendo pena por este ser humano. Damos mucho asco. Me meteré para que nadie se sienta ofendido. Más, digo. Un asco atroz. Por pasar del asunto Shoah como si fuera una broma de mal gusto y por pasar de lo que está pasando cada día en España. Comparado con eso, un contenedor quemado es como una ola en el Océano Atlántico. Nada.

Afirmativistas del mundo: uníos.

No es que valga para mucho. La partida se está jugando y nadie nos ha dado una puñetera vela en este entierro. Y eso que los entierros se cuentan por millones ya.


Los afirmativistas somos los tontos de esta historia. Los asustados. Los que han dejado de vivir. Los que llevaríamos a la ruina al país si nuestros queridos dirigentes nos hicieran caso. Si hicieran como si les importaran los muertos. Si se comportaran como si ellos también pudieran morir. Y lo mismo pasa con La Gran Masa. Y qué decir de esos etíopes tras gran sequía que son nuestros hosteleros. Pobrecitos. Les veo y lloro de la pena.


Pero nadie nos hará ni puto caso. Por eso no hay ni que preocuparse. Hubo un momento en marzo de 2020 en el que el gobierno de España tuvo un desliz. Tuvo miedo. Les llegaba un virus del que habían dicho que era una mierdecilla con la que solo tendrían que lidiar ancianos e inmunodeprimidos (lo cual era genial si no querías a ningún anciano ni a ningún inmunodeprimido, que era entonces mi caso ni, por supuesto, si eras uno de ellos) y resulta que el virus empezó a colapsar los hospitales. Habían dicho que tendríamos unos pocos casos y teníamos ya miles para cuando quisieron darse cuenta. Así que como no sabían qué hacer, hicieron lo mismo que habían visto hacer a China e Italia y cerraron todo a cal y canto. Mentira también. Solo se cerró todo a cal y canto la semana antes de la semana santa y durante dicha semana. El resto del tiempo, había millones de personas usando trenes, metros, autobuses y, en general, una buena cantidad de sitios en los que poder meterse el virus en el cuerpo, máxime cuando ese Oráculo de Delfos averiado que responde por Fernando Simón había dicho ya que la mascarilla no valía para nada. Se había reído de quienes la usábamos. Él y la delegada de la OMS en España. Dos prendas de la naturaleza. Si Fleming salvó millones de vidas y las sigue salvando décadas después de morir, podríamos decir que entre estos dos se han cargado a miles con sus ridículas proclamas. Con sus mejores intenciones, por supuesto.


Porque lo contrario a los negacionistas no son Fernando Simón, Pedro Sánchez o Moreno Bonilla. En absoluto. Lo contrario a los negacionistas somos los afirmativistas, los que no solo afirmamos que existe un virus conocido como covid19 que es potencialmente mortal sino que actuamos como si lo fuera y nos gustaría que nuestros queridos gobernantes actuaran igual.


No va a pasar. Seguirán intentando hacer como si el emperador no fuera desnudo y no hubieran muerto casi mil personas en Andalucía esta semana y varios miles en España durante esa misma semana y muchos más miles durante este mes.


Es curioso cómo son las cosas. Cuando empezó todo este horror, estábamos tan al tanto de los muertos y contagiados como si hubiera ocurrido en nuestras familias. Ahora hay días que debo investigar para saber cuál es “la cuenta del carnicero” que decían en aquella película basada en el magnífico libro “And the band played on” de Randy Shilts, libro sobre el comienzo de la pandemia del sida del que tanto me he acordado estos meses.


Hay que vivir. Orondos y sesentones jueces que no durarían ni un asalto con el coronavirus (al menos esos son las apuestas, también hay quien lo pasa con 90 años y está ahora jugando al dominó, cosas extrañas de este virus) se ríen de las magras medidas de seguridad que nuestros políticos llevan a cabo a regañadientes y las tumban por ser propias de la Edad Media. No dicen nada sobre si ellos también son gentes propias de ese tiempo.


El gobierno de España pasa de poner un toque de queda más temprano. Los de las autonomías pasan de cerrar centros educativos aunque sea la fiesta del covid en el municipio. El covid no se pega en ninguna parte: ni en los colegios, ni en los bares, ni en los teatros. De hecho, dicen los neandertales políticos de cualquier administración que el covid se pega en las casas, sobre todo. ¡Pues claro que se pega en las casas que es donde más tiempo se comparte espacio sin mascarilla, cenutrios! ¿Pero quién carajo lo lleva a casa? ¿El puto Ratoncito Pérez? ¿Spiderman subiendo por las puñetera paredes del bloque?

Sí, el asunto pone de mala leche a cualquiera que tenga un poco de empatía. Por eso, casi es mejor dejarlo estar. Yo intento no ocuparme del asunto mucho tiempo al día. Ya me he peleado con demasiada gente tanto presencial como virtualmente. El tema es, más bien, intentar sobrevivir sin dejarse seducir por la locura.


Afirmativistas, no tengo vocación de mártir. Cada día, me veo obligado a mezclarme con decenas de extraños en una sala. Me dicen que es imposible contagiarme así. Por si acaso, paso todo el tiempo que puedo junto a la ventana abierta. Con una mascarilla FPP2 bien colocada. Usando hidrogel. Cruzando los dedos.


La batalla está perdida. Si las vacunas funcionan, podremos pasar página en algún momento, dentro de unos meses, un año o dos. Todavía quedan por morir varios miles más, eso sí. Podrían ser menos, pero como decía Evaristo “la bolsa de Nueva York/ controla este mogollón”.

Al principio, pasaremos página como si la página fuera de cemento. Si tenemos suerte, dentro de un tiempo ahora equis, las pasaremos como las páginas de esas biblias tan finas como papel de fumar. Será también un error. No recordar lo que ha pasado. No recordar el desastre. Esta agonía. Pero conozco demasiado bien a la Gran Masa para saber que no solo lo olvidarán entonces sino que les importa una reverenda mierda a día de hoy, 16 de febrero de 2021. Pero no escribo para ellos. Escribo para ti, afirmativista que eres como yo. Tonto que eres como yo. Enemigo de la economía que eres como yo. Unámonos aunque solo sea para mandar a la mierda a los negacionistas primero, pero, sobre todo, a los coexistencistas (palabro recién nacido), esos que abren y cierran el grifo y gimotean entre medias, un Moreno Bonilla que llora entre líneas con la misma credibilidad con la que habríamos visto espantados como el papel de Tom Hanks en Philadelphia lo hubiera interpretado Steven Seagal.


Afirmativistas del mundo: el tiempo nos juzgará y quedaremos mejor que Fidel y mucho mejor que todos aquellos que sobre el covid se rieron primero, se rasgaron las vestiduras después y se adaptaron como ratas a lo que hubiera y nos obligaron al resto a hacer lo mismo. Darwinismo covidiano, nada nuevo bajo el sol. Esto es para listos, niño, que dicen los profetas de la Gran Masa.
Y nosotros, los afirmativistas, los que quisiéramos que nos ocupáramos del covid como quien se ocupa de un asesino y que se respetara y velara a los muertos como personas y que nos espantara la muerte masiva y lucháramos contra ella con todo lo que tuviéramos de inteligencia, esos, yo y tanta gente que piensa así, somos los tontos.

Darwinismo y Covid19 en España

Que sobreviva el más fuerte. Que quede quien mejor se adapte al medio. Que quien resulte infectado, rece si es creyente o haga yoga o cruce los dedos si, como yo, no lo es. O se concentre todo lo que pueda en pedir a su cuerpo que sea lo suficientemente inteligente para no dejarse engañar por el covid. Porque si mueren 500 personas cada día (a veces más) en España y miles en el mundo es porque cura no hay. Al menos, una cura que pueda ser usada para la plebe. Hay quien tiene más suerte, pero no todos podemos ser presidente de los Estados Unidos.

Que nadie piense que nuestros políticos intentarán salvarnos. No. Lo hará el azar o lo harán los médicos que, a falta de un remedio en forma de medicina, hacen cuanto pueden para evitar más muertes. Más no pueden hacer. Los milagros, en Lourdes. Para quien los crea, claro.

Los políticos no intentarán salvarnos. No lo hará ese político conservador, patriota, más de derechas que Bernabeu. Ni lo hará ese político independentista de izquierdas, más rojo que el círculo de la bandera de Japón y menos español que aquel árbitro, Al-Ghandour. Y, por supuesto, no lo hará ninguna entre medias. No significa eso que todos sean iguales. Ni siquiera dentro de los partidos lo son. No puede ser considerado del mismo modo Feijoo que Díaz Ayuso. Pero, en el fondo, todos están de acuerdo: confinamientos domiciliarios, no. Centros educativos cerrados, en absoluto. Toque de queda antes… igual te pongo una horita antes, pero vaya, porque me coges en un día generoso.

No somos nosotros los que tendríamos que pedir nada a los políticos. Son ellos los que tendrían que hacer de salvarnos su objetivo número uno. No deberían ocuparse de prácticamente nada más hasta que dejen de morir día tras día el triple de personas que murieron el 11M. Cada día, tres o cuatro once emes.

Evidentemente, no están solos en este tema de normalizar la muerte diaria de cientos de personas. Hay millones de compatriotas en el ajo. Gente que no ha leído ni el Pronto (aunque también los hay cultivados, menos, pero haylos) que repiten sin cesar dos estupideces verdaderamente notables:

  1. “Hay que vivir”. Normalmente dicha con un deje alegre, como si los demás no quisiéramos vivir y nos empeñáramos en refugiarnos de un mal inexistente o hubiésemos suspendido nuestra vida por mero capricho. Cómo me gustaría que alguno de estos pudiera hablar conmigo cuando están a punto de ponerle los tubos. Cómo me gustaría preguntarle: “¿hay que vivir o hay que morir?”.

2. “No se puede caer la economía porque si no morimos de covid, moriremos de hambre”. Esto es una falacia de libro y una falsedad manifiesta. Morir de hambre es hasta raro para países muchísimo más pobres que España y es una realidad, terrible realidad, en unos pocos países del mundo y, normalmente, tras sequías o guerras o desgracias tremendas. Cuando dicen que moriríamos de hambre se refieren a que ellos podrían ganar un 20 o 30 por ciento menos de lo que ganan. Se refieren a que sus pisos podrían caer de precio. Se refieren también, ciertamente es así, a que el paro aumentaría con el dinero público correspondiente a subsidios de desempleo.

Sí, eso es lo que pasa cuando ocurre una tragedia. Cuando hay una guerra civil, la economía se hunde. El país se desangra. No es precisamente España un país en el que eso no se sepa o no se haya vivido. ¿Pero qué hacemos? ¿Hacemos como que no hay guerra? ¿Hacemos como que no nos está ocurriendo esta desgracia?

Pues eso hacemos.

Cuando estábamos todos metidos en casa (excepto quien tuviera que trabajar fuera, que también había millones), la desgracia era evidente. La teníamos tan presente que nos impedía salir a la calle. No porque nos atormentara la pena por tantísimas muertes (que a poca gente le atormentaba de verdad) sino porque estaba prohibido. Ibas a comprar todo lo rápido y seguro que fuera posible y a casa. Todo el día en casa para rumiar la desgracia. Todos los días sabiendo cuántos muertos había habido en todo el país y en tu comunidad autónoma. Tasa de contagio por cien mil, tasa de contagio por persona, etcétera. Así cada día durante dos meses y medio.

Ahora tenemos los mismos muertos diarios que muchos de esos días, incluso más muertos que varios de esos días de confinamiento. Pero ha entrado Darwin en juego. El mismo Darwin que se quedó guardado (y no fue precisamente porque VOX no lo quisiera desde el minuto uno) en marzo, abril y mayo, está ahora capitaneando las operaciones. Pobre Darwin: entiendo que no era él mismo un darwinista social, pero para entendernos. Para ponerle nombre a lo que está pasando.

Darwinismo, sí. Que sobrevivan los fuertes. Que sobrevivan los afortunados. Que mueran los ancianos a quienes no se haya vacunado (esto en el caso en el que las vacunas sirvan para todas las cepas, que ojalá). Que mueran los no ancianos que tengan patologías previas o que, sin tenerlas, tengan la mala suerte de tener unas defensas algo estúpidas que se dejen engañar por el covid. Algo así como un Arbeloa en baja forma. Espero que me entiendan.

No esperemos nada de quienes tendrían que idear la manera de salvarnos. No esperemos, siquiera, que nos oigan a quienes estamos en el extremo opuesto de los negacionistas. Somos afirmativistas. Afirmamos que existe una pandemia mundial. Afirmamos que se trata de un virus que para una parte de la población puede ser mortal y que para otros puede dejar secuelas importantes, secuelas algo relevantes o, incluso, porque así de raro es este virus, se puede pasar sin ningún síntoma. Lo mismo que a una persona mata puede estar en otra persona que ni lo sepa. Pero en cualquier caso, tampoco importa mucho. Importa el azar. La suerte. No lo cogerlo. O si lo coges, ten la suerte de curarte. Nuestros políticos no van a hacer mucho por salvarte. Los jueces que imponen unas elecciones en mitad de este Titanic ya con agua por las rodillas no van a hacer nada por salvarte. Te salvarás tú. Si eres fuerte. Si eres ese espécimen que se adapta al medio. Y si no, nos vemos en el infierno. Estará tocando Lou Reed. Casi mejor.

Imagen destacada: Gordon Johnson (Pixabay)

Políticos españoles y covid: todos narcos.

Políticos españoles y coronavirus: todos narcos. Y no me refiero a que ningún político español esté transando con drogas y ganando dinero a espuertas. No. Me refiero a sentir algo parecido, casi idéntico, al hartazgo que trasciende en la canción de Las Manos de Filippi (popularizada por Bersuit) de la clase política argentina. Están hartísimos. Rehartos. Hasta la náusea. Más abajo pongo link con la canción original y la versión. Ambas comparten algo: el asco infinito producido por la corrupción de la clase política y el entender que solo les importa sus políticos culos. Todos narcos.

Así me sentí ayer y así me sigo sintiendo hoy. Todos narcos. Desde el presidente hasta el último mono de la Consejería de Sanidad (o Salud y Familias, como les gusta nombrar a los conservadores y adláteres) con menos presupuesto. Hartísimo.

Resulta que estamos hasta los pelos de covid19. Otra vez. ¡Una casualidad como otra cualquiera! El Ratoncito Pérez que ha estado metiéndose en las casas por las noches inoculando covid a inocentes criaturas durmientes. Nada que ver con celebrar la navidad como manda la puñetera tradición. Porque está claro que iba a morir alguien si no. Sin embargo, lo que está claro que es que van a morir miles porque sí, pero no un porque sí caprichoso sino un porque sí se ha celebrado la navidad; porque había millones de conciudadanos que tenían que hacer sus reuniones familiares o no sé qué carajo iba a pasarles. Porque si no quedaban con amigos a los que hacen meses que no ven (y podían hacerlo) van a entristecer hasta la depresión. Porque quienes tenían que poner límites estaban demasiado ocupados con sus ecuaciones políticas. Porque los hosteleros parecen los judíos de este Holocausto y resulta que no, que los judíos de este Holocausto son aquellos que mueren como murieron aquellas personas y aquellos que quedan con secuelas que nadie sabe si serán de por vida. Esas son las víctimas de verdad. Luego está el dinero, que nadie dice que no sea importante, pero que comparado con una vida debería ser absolutamente irrelevante y si veo un solo telediario más con hosteleros llorando (metafóricamente) cuando deberían estar familiares de fallecidos llorando (literalmente) me va a dar un síncope (gran culpa de esto la tiene el periodismo de encefalograma plano que se suele hacer en este país).

Entonces llegamos a ayer, 15 de enero, con covid elevado a diez porque sus señorías, sus señorones y señoronas no podían suspender la navidad por un año; porque el folclore que rodea la navidad es demasiado jugoso y nadie quería ponerle el cascabel al gato y aparecía entonces Juanma Moreno Bonilla, con esa cara de niño de comunión crecido, su tono de voz temblorosa más falsa que un billete de treinta euros, a decirnos que iba a cuadrar el círculo manteniendo el covid a raya y la economía a flote. Porque él lo vale.

Ahora Juanma ya no va a cuadrar el círculo. Ahora quiere confinamiento total. Él, que no ha sido capaz de aplazar la vuelta a clase ni siquiera en el Campo de Gibraltar, con una tasa en La Línea de la Concepción de 1219 por cien mil que subió ayer a mil setecientos y picos por cien mil. Pero no, oiga, que hay que aprender el present simple aunque te lleves el covid a casa o aunque lo lleves a la escuela. Total hay más profesores que ollas (sí, ya sé que la razón no es aprender el present simple sino tener a los niños cuidados mientras los padres van a trabajar, pero es evidente que les importa tres pepinos la salud de los y las docentes).

Bueno, pues ahora quiere Juanma un confinamiento total para darle la tabarra al gobierno de España que no lo quiere porque quiere las elecciones catalanas el días de los enamorados (habrá que celebrar, por cierto), pero luego las han aplazado a marzo, pero los indepes quieren mayo (no sé si porque la primavera es proclive a la idea de independencia) y entre todo ello, Almeida pide mil cuatrocientos millones de euros para hacer, finalmente y ahora que Sheldon Adelson ha fallecido recientemente, Eurovegas cuando la nieve se despeje (menos mal que sol hará su trabajo porque si es por él podría estar Madrid nevado hasta abril).  

La gente muriendo por cientos a diario. Miles de positivos diarios. Miramos a Moncloa buscando respuestas y encontramos a Pedro con actitud “a mí que me registren”. “A ver si os vais a pensar que yo tengo que ver con algo de todo esto”. “¿No queríais competencias? Pues ahí las tenéis”.

Una desazón absoluta la que siento yo y cualquiera que verdaderamente entienda lo que está pasando. No me refiero a todos esos millones de cenutrios que siguen disfrutando porque “¡hay que vivir”. Ni, por supuesto, a todos esos políticos con su calculadora y sus asesores haciendo cuentas con muertos y votos. Me refiero a quien entienda lo que está pasando y verdaderamente lo sienta: por los muertos, por la vida capitidisminuida que estamos viviendo desde marzo, por quienes arrastran secuelas sin saber cuándo las soltarán o si las soltarán alguna vez, por quienes han perdido su trabajo y malviven con ayudas que no llegan a tiempo. Por tantos. “Hay que vivir” decía melifluo un orondo hostelero en  mi tele hace unos días. Orondo, cincuentipico años, tal vez sesenta, varón: elevadas posibilidades de morir si se contagia. Pero eso sí, con dinerito, que nadie diga que no lleva bien su negocio mientras lo pasean en ataúd. Aunque tampoco lo van a pasear en ataúd porque ya nadie puede ir a los entierros. Está claro que un entierro al aire libre es super contagioso, pero en una clase entre paredes con treinta personas dentro es imposible que haya contagios, todo muy claro, menos la forma de anotar los datos de las distintas Consejerías.

A todos esos que siguen haciendo lo que les canta, a los que les importa una reverenda mierda el covid porque eso es algo que solo pasa en la tele, a ese imbécil de baba caída, a ese troglodita 3.0, a ese tontoloba que dice “lo vamos a coger todos” y sonríe tan tranquilo, les pregunto: ¿qué carajo hace falta para que os enteréis de una puñetera vez que han muerto cincuenta mil personas en España (que en realidad son cerca de ochenta mil) y que han muerto dos millones de personas en el mundo de algo de lo que podríais enfermar mañana? ¿Os hace falta un croquis, un resumen, un esquema?

Me respondo: no les hace falta nada porque nada hará que cambien su forma de pensar, perdón, de no pensar porque no pensar tiene, definitivamente, sus ventajas: si no piensas, no sufres. Si no reflexionas sobre los problemas graves del vivir, todo lo demás es relativamente fácil. Y eso buscan millones: facilidad. Nada de complicarse. Si me dejan hacer equis, lo haré. Y algunos también lo harán aunque no les dejen.

Eso me lleva otra vez a los políticos: ese Illa que sale hoy en rueda de prensa y al que solo le falta abrazarse a sí mismo con su autosatisfacción mientras van a morir unos cientos un rato después. Dice que el toque de queda tiene que cumplir el estado de alarma que ha hecho el gobierno del que forma parte. No dice que en una puñetera noche cambiaron la Constitución su partido y el PP para pagar a los grandes banqueros y buitres variados. Y si en una noche cambiaron la Constitución, ¿cuántos minutos hacen falta para cambiar un Decreto?

Que dice Illa hoy en rueda de prensa que se ha doblegado la segunda ola sin confinamientos. Que dice Illa estupidez tras estupidez mientras mis colegas de la izquierda le aplauden y mis no colegas de la derecha le insultan mientras aplauden a Ayuso cuyas barbaridades con el coronavirus se cuentan por decenas.

Y así.

Horrorizado por la clase política que me dirige. Y podría ser peor. Podría ser brasileño o estadounidense. Incluso en la civilizada Alemania mueren a mil doscientos por día desde hace varios días, muy bien no tienen que estar haciéndolo. Pero resulta que soy de aquí, de esta esquina de locos en la que quienes deberían poner cordura mezclan Myolastan con cerveza para luego quejarse si te la has pegado con el coche. Es más, mezclan Myolastan con cerveza, dejan el coche hecho unos zorros y luego dicen que el coche está intacto. Ese es el país que vivimos. Y me da vergüenza ajena y espero que algún día alguno de todos estos sientan esa vergüenza como propia.  

Mientras, el coronavirus es feliz entre nosotros y yo infeliz entre todos estos.

Illa se pone serio con el covid

Está Illa serio con el tema de las vacunas y no quiere chistes. Yo tampoco quería puñeteros chistes cuando el covid19 se expandía por China y países limítrofes allá por enero. Menos puñeteros chistes quería cuando llegó a Italia (aunque ya estaba en España sin que lo supiéramos) y tuvo que ir Lorenzo Milá a poner las cosas en su sitio y decir que se trataba de una puñetera gripe y que vale ya de pánicos ridículos. Vale ya de pánicos, ridículos.

Cuando la gente empezaba a morir por miles, no oí a Lorenzo pedir perdón por su espantoso, el suyo sí, ridículo ni a Echenique, que daba lecciones en twitter ni a Illa, máximo responsable de todo esto. No oí a Ana Rosa ni a Inda decir que eran imbéciles ambos por haberse rasgado las vestiduras por la suspensión de World Mobile Congress en Barcelona ni oí a tantísimos que habían hecho chistes y se habían reído de quienes veíamos el problema llegar pedir un mínimo de perdón y decir “sí, a veces soy un cretino, lo siento”.

Ahora quiere Illa seriedad. ¿Pero no mira hacia dentro ni reconoce que han hecho espantosas figuracce, que dicen nuestros hermanos italianos, que también saben de hacer el ridículo con el covid un rato?

¿Lo soñé o nos dijo Fernando Simón que las mascarillas no valían para nada?

¿Lo soñé o iba a dejar el gobierno salir a los niños del confinamiento para ir al supermercado con los padres?

¿Lo soñé o íbamos a tener unos pocos casos aislados en España?

Pocas bromas, dice Illa muy serio porque con el covid no se juega.

La verdad es que el gobierno de España y el de las distintas comunidades autónomas sí están jugando con el covid. Se trata de jugar al juego de la balanza entre muertos y mantener la economía a flote para quienes sobrevivan. A quien muera, poco le importará si España se convierte en Catar o en Etiopía.

Los gobiernos autonómicos y central juegan con el covid a decir “ hay que consumir, pero no salgas”. “Los bares son seguros, pero no son seguros”. “Los colegios e institutos no se cierran porque el covid allí no entra (¿??)”. “La hostelería es segura, la cultura es segura, los centros educativos son seguros, los apelotonamientos en la calle son seguros y el problema está en las casas”, como decía Aguado, vicepresidente de Madrid cuando las calles rebosaban gente hace unos días. “El contagio se produce en casa”. Claro, viene el Ratoncito Pérez con una agua y te inyecta el covid mientras duermes. Hay que ser zoquete. ¿Cómo carajo se contagia en casa si nadie de esa casa lo coge fuera, Aguado? ¿Es que quieres ser tan simple como tu presidenta? ¿Ese es el nivel?

En fin, pongámonos muy serios porque con el covid no caben las bromas después de decenas de miles de muertos en España y camino de dos millones en el mundo, sí, claro, yo me pongo serio, Salvador Illa. Lo estaba en enero y febrero y principios de marzo cuando tú estabas jugando a los bolos con Fernando Simón y nos arrastró un tsunami que, por otra parte, era totalmente previsible viendo lo que había pasado en China, que no hablamos que pasara en Plutón y, mucho más previsible viendo lo que estaba pasando en Italia que, prácticamente, está ahí al lado. Yo estaba serio. Sigo estando serio porque vivo con una persona de riesgo, de esas inmunodeprimidas que se igualaban a los ancianos para decir que eran los únicos que tenían algo que temer.

Como si los inmunodeprimidos y ancianos – y esto es más culpa del periodismo que de Illa- no fueran personas que pudieran tener – al menos en el caso de los primeros- décadas de vida por delante y, en el caso de los segundos, el derecho a seguir viviendo de la mejor manera posible los años que el destino les conceda.

Ojalá las vacunas funcionen. Ojalá ninguna tenga efectos secundarios. Ojalá pronto vivamos como antes y ojalá – aunque esto me importe menos- pidan perdón aquellos que todavía no han entendido que se han equivocado gravemente.

Diez mil muertos por covid en mes y medio: ¿le importa a alguien?

Diez mil muertos desde el 27 de septiembre en España. Lo pongo con letra porque si pusiera 10000 igual habría quien pensase que eran mil. No. Diez mil muertos. Ya no se habla de cuántos 11M serían. Lo digo yo: 52 veces los muertos del 11M. No hay terroristas yihadistas detrás de esa cifra. Por eso mismo debería dar más miedo. Al contrario que el 11M, sabíamos que podría pasar y, de hecho, lo más normal es que pasara. Y ha pasado.

¿Te dan miedo los atentados yihadistas que ocurren en cualquier parte porque piensas que podría pasarte a ti? Ahora mismo hay como cien mil veces más posibilidades de morir de covid que de morir de un atentado yihadista. Cuando existen estos atentados, culpamos con razón a los fanáticos que creen estar honrando a su dios al matar inocentes. ¿A quién culpamos por esos diez mil muertos desde finales de septiembre? Mes y medio, diez mil muertos. Lo normal sería otros diez mil antes de Nochevieja. Y otros diez mil antes de que la vacuna, que ojalá funcione, alcance un número significativo de inmunizados. Por no decir veinte mil.

Cuarenta mil desde que empezó todo allá por marzo. 208 veces el 11M. Los números son brutales, pero más miedo me da lo rápido que la gente se acostumbra a ellos. Los muertos de hoy no los veíamos desde abril y cuando sucedían en abril, parecía que el cielo se caía sobre nosotros y un abatimiento terrible embargaba la voz de los presentadores de noticias. ¿Valen menos estos muertos de ahora? En realidad, la pregunta debería ser: ¿valen algo los muertos de ahora? ¿Qué valen exactamente? ¿Estar en casita a las diez? ¿No poder echar una birra a partir de las seis?

Como hoy me contaba un amigo: va a un centro comercial porque su hija necesitaba folios para el colegio. Ya que va, compra algunas cosas para la casa, incluido una botella de ginebra. Cuando va a pagar, le dicen que los folios no se los puedes llevar porque son las seis y cuarto y no se venden artículos que no sean de primera necesidad a partir de las seis. Los demás, sí, incluido la ginebra.

¿A nadie más le da vergüenza este país? ¿De verdad nos merecemos a paletos que dicten estas normas de imbéciles cuando deberían haber cerrado, otra vez, España hace un mes? Y todo lo demás son estupideces varias como lo de los folios. Que por cierto si el papel no es un artículo de primera necesidad será porque quienes dictan las normas son medio analfabetos y no han entendido que el papel y la imprenta están entre los mayores avances que jamás existieron en la historia. Justo al contrario que su modo de balancear muertos con economía.

Llevamos diez mil muertos en mes y medio cuando podrían haber sido la mitad o un cuarto si se hubiera confinado antes de que nos estampase en la cara la segunda ola, que empezó el mes pasado. No hay confinamiento domiciliario para salvar la economía, pero la economía no se se salva puesto que el desastre del covid lleva a corto o medio plazo al desastre económico. No es que se puedan soportar los diez mil muertos porque la economía flote. Es que han muerto esas diez mil personas y la economía se hunde también.

En fin, ya veremos mañana si son 450 o 520 los muertos. A veces pienso que solo me importa a mí saber el número. ¿A alguien más le pasa?

Eso sí. Si te quedas sin folios, ve antes de las seis. Si se compran folios después de las seis… en fin, no quiero imaginar qué pasaría, pero algo grave, seguro.

Aquí datos, para quien quiera comprobar los números:

https://datosmacro.expansion.com/otros/coronavirus/espana

La conspiración del covid19 es tan secreta que es visible para todos y se llama realidad.

Tienen los negacionistas del covid su conspiración y empiezo a tener yo, ferviente creyente en el covid, mi conspiración también. La mía no tiene que ver con secretos oficiales ni con Bill Gates ni con Soros ni con nada que no se pueda ver. La mía tiene que ver con lo que se puede ver. Las estadísticas de infectados y fallecidos diarias. Las medidas gubernamentales ya sean de Madrid, vía BOE, o en mi caso, las de Andalucía, vía BOJA.

Mi conspiración es ver que la vida sigue y que cada vez más la masa desinformada e ignorante dice cosas como “total, qué más da, si lo vamos a pillar todos”. Esta es la masa que en ídem salió a la calle en junio como si no hubiera pasado nada. La misma que se ha pasado por el forro cualquier distancia social porque quién era nadie para privarles de besar a sus abuelos o a sus padres aunque fuera el beso de Judas, el que señalaba a quien había de morir, pasando también por cierto, su propio calvario.

Los políticos del gobierno de Madrid y del gobierno de Sevilla repiten sin cesar que los centros educativos son los lugares más seguros para el covid. La mayoría no tienen ni idea de lo que es un centro educativo. Y, por supuesto, no los verás entrar a ninguno este curso. Desde sus despachos, con sus medidas de seguridad extremas, hablar en ese tono me parece insultante para quien se está jugando el tipo en tantos centros educativos para que los padres y madres puedan dejar a sus hijos en alguna parte y vayan a trabajar.

Dicen que hay muy pocos casos. En Granada, por ejemplo, hay muchísimos casos de alumnos infectados, pero ojo, que aquí viene lo más terrible: la mayoría de los niños y buena parte de los adolescentes son asintomáticos por lo que van al centro educativo con su coronavirus durante días sin que nadie lo sepa porque no se hacen pruebas. Lo que sí sabemos es que las reuniones de más de seis personas están prohibidas en todas partes menos en las aulas donde se meten treinta personas o más. En cualquier análisis serio y no partidista habría que concluir que o bien la medida de las seis personas es una salvajada o bien permitir que se reúnan 30 personas o más en un aula durante cinco o seis diarias es una salvajada. Personalmente, pienso que la salvajada es lo segundo y aún más salvaje en tanto en cuanto se pensó un protocolo para confinar las clases de los infectados y se cambió en unos días al comprender que eso significaba muchísimas clases cerradas (y niños en casa) por lo que decidieron que lo adecuado era confinar solo a quien estuviera sentado cerca del positivo porque, claro, esos niños y niñas volaban desde su casa a su silla, no se movían, no salían al recreo a comer su bocadillo sin mascarilla ni estaban a diez centímetros de muchos de sus compañeros tanto en el recreo como en los pasillos. Vergüenza.

Mi conspiración es la sensación subjetiva – pero sin duda compartida por más gente- según la cual nuestros gobernantes no están intentando salvar vidas sino hacer imposibles ecuaciones para compensar la pérdida de vidas con la economía.

Habrá quien diga que hacen bien. Por ejemplo, oí al doctor Cavadas, ese genial cirujano y también asesino de ciervos con flechas, decir que hay que tener en cuenta la economía para las medidas que hay que tomar porque sin economía no habría salud tampoco. Ciertamente, es una paradoja según la cual hay que dejar que se infecten miles de personas de las cuales un porcentaje X morirá para que la economía siga y la medicina siga (desde luego ni la economía ni la medicina seguirán para quien haya muerto).

Los salvajes buscan el objetivo y las personas inteligentes y honradas observan los medios para conseguir ese objetivo. En ese sentido, entiendo que Macron es un salvaje porque incluso cuando manda confinar Francia decide mantener las escuelas abiertas aunque al menos hay que concederle, en parte, el valor de la sinceridad porque para justificar dicho disparate dijo “para que el tejido industrial siga adelante” y luego añadió, en una frase que no se creyó ni él, “y para que nuestros niños y jóvenes puedan sociabilizarse”, como si el hecho de estar un mes ahora como se estuvo en marzo y abril pudiera causarles un daño irreparable a la infancia y juventud francesa.

Por tanto, mi conspiración es que nuestros gobernantes no hacen todo lo posible para salvar la vida a sus gobernados, esto es, nosotros. Mi conspiración es que se está pesando en una balanza cuántos muertos son admisibles para compensarlos con la economía del país. Yo hubiera querido pensar que todos podíamos hacer esfuerzos en lo referente a la economía con tal de no morir nosotros, a quienes queremos o, incluso, iluso de mí, para que no mueran miles de desconocidos, pero que pueden ser tan conocidos como nuestro vecino del quinto o nuestro compañero de trabajo.

Pero no. En este tardocapitalismo, ni siquiera teniendo un gobierno supuestamente de izquierdas se pueden permitir centrarse en la salud pública por encima de la economía y aun muriendo cerca de 400 personas diarias, se va a seguir la rueda económica y no se va a confinar y, si se confina, se hará lo de Macron, que las escuelas y todos los trabajos sigan adelante. Evidentemente, algo se arreglará la situación, pero miles que podían haber sido salvados morirán y conviene decirlo.

Conviene tener claro qué tipo de sociedad somos, qué tipo de gobernantes y oposición a esos gobernantes tenemos. Saber quién dijo que las aulas eran lugares seguros. Saber quién decía que lo eran los bares y restaurantes cuando desde marzo había artículos en los que se demostraba que eran lugares perfectos para la infección por coronavirus si se usaban los lugares interiores y no se usaba mascarilla. Saber que hay quien viene a decir que la vida ha de continuar como antes porque la economía se está resintiendo mucho y eso es intolerable.

Pues bien, hasta aquí. Esta es mi conspiración. La mejor conspiración de todas puesto que no es posible descubrirla. Ya está descubierta. Es una conspiración de luz y taquígrafos: se ven los muertos diarios, los infectados diarios y las medidas gubernamentales que se están tomando y ya la tienes. En realidad, es la anticonspiración o, más terrible, nuestra realidad.

Es evidente que si el covid se quedara entre los humanos para siempre, habría que pensar que infectarse sería algo absolutamente inevitable. Sería como una prueba de fuego para cada uno. Lo coges, esperas, puede que no te pase nada, puede que mueras, puede que te quedes mal y no mueras, pero así sería. Pero el asunto es que DICEN que habrá una vacuna en los próximos meses y hasta donde llega mi comprensión las vacunas se usan para no infectarse de un patógeno. ¿De verdad que estamos dejando que mueran miles en los próximos meses si habrá una vacuna también en los próximos meses? Si siguen muriendo 400 al día en noviembre, tendremos DOCE MIL MUERTOS más a final de mes y si son, con suerte, 200 en diciembre, habrá que sumar SEIS MIL MUERTOS más hasta final de año. Dieciocho mil muertos que unir a los 35000 que dicen el gobierno y a los 50000 que dicen sus opositores derechistas. Eso sin contar a todos los muertos de enfermedades graves que no se están tratando por culpa del covid. Y cada vez son más.

Mi solución es tan sencilla como cara: confinen tal como se hizo en marzo, pero dejando un rato para salir a pasear SOLOS puesto que es evidente que pasear solo jamás ha producido un solo caso de infección. Todo lo demás es contrapeso MUERTOS/ECONOMÍA y, paradójicamente, vamos perdiendo en ambos lados de la balanza. Y la idea que no se me va de la cabeza: que somos números en una ecuación usada para averiguar cuál es el número de muertos admisible.

La BBC en tiempos del covid19: bodas, bautizos, comuniones e infectados.

Leo con estupor que hay una veintena de infectados por una boda en Oviedo. Otra boda supuso un buen número de infectados en Murcia, incluido el novio que trabaja en un centro de menores donde hubo un brote muy fuerte. Probablemente, el hombre llevó el coronavirus a la celebración de su boda y unos cuantos de esos que no pueden entender que vivimos en una puñetera pandemia, le abrazarían aunque tampoco hacía falta que le abrazaran para contagiarse del virus. Bastaba con que compartieran un espacio cerrado por varias horas. Lógicamente, mientras se come en un banquete no se puede tener la mascarilla puesta.

Tal vez el banquete fue al aire libre. Me da igual. A medida que pasan las horas en una boda, el alcohol hace su efecto y lo que eran normas rígidas unas horas antes, se convierten en descontrol, farra y desfase unas horas después.

No entiendo que la gente no pueda aplazar unos meses su celebración BBC. Bodas, bautizos y comuniones. ¿Les va a dar algo si no se casan mientras sufrimos esta pandemia?

Entiendo que si la pandemia no desapareciera nunca, al final tendríamos que convivir con ella, pero todo hace indicar – ojalá- que pueda haber vacunas para hacer desaparecer o cuanto menos mitigar los efectos asesinos del covid19.

Pero hete aquí que hay quien no puede esperar. Su puñetera boda. La comunión del niño. El bautizo, que no puede el bebé vivir sin ese sacramento unos meses más, ¡por dios!, nunca mejor dicho.

No tienen vergüenza. Todos estos que hacen sus bodas y sus celebraciones multitudinarias mientras sigue muriendo gente a decenas o centenas por días en este país y decenas de miles en el resto del mundo. Les importa una mierda quién muera. Solo les importaría que murieran ellos, pero es que ellos creen estar a salvo. Si no sintieran estar a salvo, no organizarían bodorrios (el de Murcia tenía más de doscientos invitados).

Otro tema es el de los políticos. Los políticos nos dicen que todo es muy duro, que va a haber que tomar medidas, pero mientras esperan a tomarlas, es legal hacer celebraciones de ese tipo, absolutamente gratuitas en el sentido de no ser necesarias que no – y he ahí el quid de la cuestión- en el dinero que se mueve alrededor de todo ello.

Pues nada, a ver quién es el imbécil que se está casando hoy o que se casa mañana o que no puede esperar unos meses a que sus hijos estén en más gracia divina aún (que por cierto, se pueden realizar todos esos sacramentos sin celebración posterior, pero claro, no hay regalos y eso no mola), pero que no olviden que para que sus hijos estén en gracia divina o su unión consagrada por la Iglesia o por el estado, tal vez haya quien, por su culpa, viaje al otro mundo a ver si hay dios que le reciba.

Links de las noticias referidas:

https://www.lavozdeasturias.es/noticia/oviedo/2020/09/25/boda-provoca-nuevo-brote-veintena-infectados-oviedo/00031601035483173471534.htm?fbclid=IwAR05h1KL5ZS5VqZX_nPpRjNH3AdiXv2B1tjYFKGbDKftAMncA7VrXWIQEM8

https://www.laverdad.es/murcia/ciudad-murcia/brote-boda-murcia-20200820133733-nt.html?ref=https:%2F%2Fwww.google.com%2F

Ilegalizar a los rojos en España (otra vez)

Espantado me hallo ante declaraciones de políticos de PP y VOX en las que se pone en cuestión que ser rojo en España pueda ser legal.

Nada nuevo bajo o cara al sol, sin duda. Ya se pasaron cuarenta años de dictadura en la que ser rojo al principio te costaba la vida y luego cárcel. Lo significativo es que esa dictadura acabó en 1977, cuando se realizaron las primeras elecciones democráticas.

Hace cuarenta y tres años, bramaban Blas Piñar y Manuel Fraga contra “los marxistas”, pero ciertamente nadie (tal vez solo Fuerza Nueva) quería ahondar en la ilegalización de los partidos de izquierda, fuera el PCE o partidos regionalistas o independentistas.  

Pero ahora todo odio es lícito. Hablan de comunismo como si toda la izquierda española fuera comunista. Como si Podemos fuera un partido comunista. Precisamente nació Podemos para acabar con el PCE o, cabría decir, porque el PCE estaba acabando.

La estrategia de la derecha más rancia es la ilegalización. Ellos son intocables y se pueden permitir lujos como alentar a que se acose al vicepresidente y  una ministra en su domicilio (los putos rojos no pueden vivir en chalets ni ser vecinos de gente respetable patriota española) o salir a la calle a montarla en plena pandemia mundial en la Revolución de los Cayetanos que fue, entiendo, porque consideraban que el gobierno había hecho una mala gestión del coronavirus, precisamente, la misma gestión que Italia o Francia y bastante mejor que Estados Unidos, Reino Unido o Brasil donde gobierna la derecha o la extrema derecha. Que nadie olvide que el lunes posterior a la declaración del estado de alarma, Santiago Abascal estaba diciendo “España no puede parar”. Luego los mismos querían llevar al patíbulo a otros por no haber parado antes, pero al mismo tiempo decían que tampoco había que parar ni en el peor momento. Esquizofrenia programada.

Como ilegalizar por rojo queda como mal de cara a la opinión pública internacional, lo que parece estar tramando la derecha política y mediática es convertir a Podemos en criminales.

¿Cómo se convierte en criminal a un partido político y a sus líderes si no realizan actos criminales?

Hay que utilizar la hipérbole como arma y la tergiversación como táctica.

Si un director de revista le da una copia a Pablo Iglesias de la tarjeta que le han robado a Pablo Iglesias para descubrir secretos para hundir a Pablo Iglesias y a su partido Podemos, entonces manoseamos, mezclamos, manipulamos, metemos todo en un cubo de azufre y llegamos a decir, prácticamente, que igual Pablo Iglesias va a la cárcel porque le robaron una tarjeta. Así está España en 2020.

Ahora viene lo de la financiación del partido. ¿Que el Tribunal de Cuentas le pide a Podemos medio millón de euros porque no se han gastado ese dinero en seguridad? Titularazos y trullo preparado para esos ladrones rojos que nada menos que han echado al honorable don Juan Carlos I para desviar la atención sobre esto, cuando el Tribunal de Cuentas cada año exige a los partidos devolver dinero supuestamente mal gastado y esos partidos se chotean del Tribunal de Cuentas como si fueran adolescentes con sus padres regañándoles sin mucha convicción.

¿Y culpar a Podemos de que Juan Carlos se fugue? ¿Pero qué tendrá que ver Podemos con los cientos de millones ocultos al fisco español y con lo que la fiscalía de Suiza (a Juan Carlos la española le importa tres pepinos porque si se acerca el hombre por allí, se le cuadran todos como si fuera un pase de revista del ejército) pueda considerar ilegal?

En resumen, preparar el camino para un Lulazo, para meter en la cárcel a Iglesias de cualquier modo y por cualquier cosa, ilegalizar a Podemos o, en su defecto, obligar al PSOE a desestimar a Podemos como socios de gobierno por “criminales”.

Pero no hay crimen. Hay ideología. Ser rojos. Ser de izquierda. Pedir justicia social. Practicarla.

Hemos de estar muy atentos. Nosotros (la izquierda real de este país) no somos tan ruines como ellos ni pedimos la ilegalización del PP por corrupción generalizada y por destrucción del medio ambiente aparte de destrozar la Sanidad Pública y también la Educación, pero tampoco deberíamos permitir que ellos pidan la nuestra o que determinadas personas de izquierdas tengan que irse de bares porque los herederos de Fuerza Nueva les vuelven a perseguir tal como sucedía hace cuarenta años (leer La transición sangrienta de Mariano Sánchez Soler).

Pablo Casado sí parece pedir la ilegalización de la izquierda en España. Y eso es muy grave. Como casi todo lo que está pasando en España este año, eso es gravísimo. No lo dejemos pasar como si fuera normal.

Cambiando un poco lo que dijo aquel, elevemos a la categoría política de anormal lo que en la calle, simplemente, es anormal.

Los millenials y el COVID-19: ¡disfrutando el verano 2020 a muerte!

Generalizar es mentir y a Maradona pongo por testigo de que hay gente con menos de treinta años solidarios, inteligentes, responsables, gente en la que se puede confiar tu vida. El problema es que son los menos.

Los más entre los millenials, postmillenials y los baby blandurri son aquellos que piensan que su ombligo es el eje del planeta; que su culo, la Joya del Nilo; que su genital correspondiente, el centro gravitatorio de la Galaxia. Y es muy complicado.

Es muy complicado que estos jóvenes siquiera piensen un momento en términos comunitarios y dediquen unos minutos de su tiempo a reflexionar sobre el COVID-19, en el mejor modo de paralizarlo, en lo terrible que sería que otra vez volviéramos al confinamiento, más aun si ocurre en verano con cuarenta grados de temperatura.

No lo hacen. Ellos prefieren sus botellones, sus fiestecitas, sus reuniones, sus “a mí es que no me afecta porque soy joven”. Ha muerto gente con edades comprendidas entre los 15 y 30 años de COVID-19. No uno ni dos sino varias personas que se sentirían (algunos) tan potentes y resistentes como estos gañanes y que murieron de la manera más atroz. Pero no tiene nada que ver con ellos.

No. Si hay una pandemia mundial y han muerto decenas de miles de personas, nada tiene que ver con los millenials y postmillenials, for fuck’s sake. Ellos no mueren, por tanto, ¿qué problema hay?

Ciertamente, estos veinteañeros sin corazón ninguno y con serrín donde debería haber varios millones de neuronas no son los únicos responsables de lo que está pasando. Los gobiernos autonómicos abren su ocio para que la gente participe y cuando participa, se echan las manos a la cabeza. En Córdoba hubo una graduación de colegio pijo en una discoteca y cogió el virus hasta el apuntador. ¿Cómo se puede pensar que mientras estemos así se puede dar permiso para abrir una discoteca? ¿Hay un caldo de cultivo mejor para el COVID-19?

¿Cómo se le puede decir a la gente que salga y que no salga, que haga vida medio normal y que no la haga, que gaste su dinero en ocio, pero que mejor en ocio no?

Los jóvenes, en general, están demostrando ser ultra egoístas e irresponsables, pero los políticos también están demostrando ser poco coherentes. Ninguno quiere ser apuntado por los hosteleros, esos pobrecitos que nos van a enterrar a todos. Pero lo cierto es que no debería abrirse ningún espacio cerrado para el ocio. Aire libre o nada. Terrazas, sí, salones, no.

Y las hordas de psicópatas incapaces de sentir empatía por nadie excepto por ellos mismos, multados cada día. Porque esa es otra. Mucho pesar del político de turno, mucho “es que los jóvenes no están demostrando conciencia” pero cero multas, que son sus hijos, coño, no vayamos a equivocarnos.

Pues nada. Empieza agosto y los millenials y posteriores ya están agendando fiestas. Hay que aprovechar la juventud, joder, que son dos días. ¿El COVID-19? “Eso no nos afecta” dicen con media sonrisa. Que muera su abuela, su tío o su padre es lo de menos. Agosto de 2020 solo hay uno y hay que disfrutarlo. Hombre ya.

¡A muerte!

(extracto de “Caos muy berraco” sobre los millenials, postmillenials y los baby blandurri)

Vaya mierda de mundo me están dejando, joder.

Estos jodidos millenials. No es que no tengan ni puta idea de lo que va la vida. Eso sería, incluso, comprensible. El problema es que son tan jodidamente arrogantes que para ellos la vida irá de lo que ellos decidan que vaya. Puto desastre de generación. Vienen manchando a lo grande con su mierda mental. Les pagan novecientos euros por un trabajo por el que deberían recibir mil ochocientos y ellos dan botes de alegría pues ni imaginan lo que es luchar en la calle ni asustar al Poder. Van dejando su semilla individualista y superficial por toda esta sociedad fallida que vomitamos cada día. Van cogiendo sus Uber y pateando a los taxistas patrios para que algún yanqui se apunte seis mil euros el minuto mientras folla con una sirena en Seychelles. Dan mejor servicio, dicen, como si todos hubieran nacido en putas mansiones y tuvieran apellidos con guiones; como si sus bisabuelos no hubieran muerto a manos de italianos fascistas en el frente de Málaga o sudando como cerdos en Cerro Muriano. Como si sus abuelos no hubieran pasado hambre en la postguerra o como si sus padres no hubieran pasado sus veranos en barriadas obreras preguntándose por qué era que otros lo tenían todo mientras a ellos les quedaba ocupar un banco de la plaza hasta las tres de la mañana y cruzando los dedos para que el calor les dejara dormir al volver a casa.

Sin duda, me tienen desesperanzado los millenials, los postmillenials y ya ni te cuento los baby blandurri que vienen detrás. Todo, lo merecen todo por haber nacido y al de al lado, si puedes, le hundes, que así mola más.

Los muy cabrones le harían bullying hasta a la Madre Teresa, por fea y pobretona[1].


[1] Generalizar conlleva la injusticia y doy fe que algunos, pocos pero algunos, de todos aquellos nacidos a partir de 1985, han podido zafarse de toda esta avalancha de superficialidad consumista y juro que me conmuevo cuando encuentro a adolescentes o jóvenes solidarios, casi siempre señalados por la inmunda turba.