Generalizar es mentir y a Maradona pongo por testigo de que hay gente con menos de treinta años solidarios, inteligentes, responsables, gente en la que se puede confiar tu vida. El problema es que son los menos.

Los más entre los millenials, postmillenials y los baby blandurri son aquellos que piensan que su ombligo es el eje del planeta; que su culo, la Joya del Nilo; que su genital correspondiente, el centro gravitatorio de la Galaxia. Y es muy complicado.

Es muy complicado que estos jóvenes siquiera piensen un momento en términos comunitarios y dediquen unos minutos de su tiempo a reflexionar sobre el COVID-19, en el mejor modo de paralizarlo, en lo terrible que sería que otra vez volviéramos al confinamiento, más aun si ocurre en verano con cuarenta grados de temperatura.

No lo hacen. Ellos prefieren sus botellones, sus fiestecitas, sus reuniones, sus “a mí es que no me afecta porque soy joven”. Ha muerto gente con edades comprendidas entre los 15 y 30 años de COVID-19. No uno ni dos sino varias personas que se sentirían (algunos) tan potentes y resistentes como estos gañanes y que murieron de la manera más atroz. Pero no tiene nada que ver con ellos.

No. Si hay una pandemia mundial y han muerto decenas de miles de personas, nada tiene que ver con los millenials y postmillenials, for fuck’s sake. Ellos no mueren, por tanto, ¿qué problema hay?

Ciertamente, estos veinteañeros sin corazón ninguno y con serrín donde debería haber varios millones de neuronas no son los únicos responsables de lo que está pasando. Los gobiernos autonómicos abren su ocio para que la gente participe y cuando participa, se echan las manos a la cabeza. En Córdoba hubo una graduación de colegio pijo en una discoteca y cogió el virus hasta el apuntador. ¿Cómo se puede pensar que mientras estemos así se puede dar permiso para abrir una discoteca? ¿Hay un caldo de cultivo mejor para el COVID-19?

¿Cómo se le puede decir a la gente que salga y que no salga, que haga vida medio normal y que no la haga, que gaste su dinero en ocio, pero que mejor en ocio no?

Los jóvenes, en general, están demostrando ser ultra egoístas e irresponsables, pero los políticos también están demostrando ser poco coherentes. Ninguno quiere ser apuntado por los hosteleros, esos pobrecitos que nos van a enterrar a todos. Pero lo cierto es que no debería abrirse ningún espacio cerrado para el ocio. Aire libre o nada. Terrazas, sí, salones, no.

Y las hordas de psicópatas incapaces de sentir empatía por nadie excepto por ellos mismos, multados cada día. Porque esa es otra. Mucho pesar del político de turno, mucho “es que los jóvenes no están demostrando conciencia” pero cero multas, que son sus hijos, coño, no vayamos a equivocarnos.

Pues nada. Empieza agosto y los millenials y posteriores ya están agendando fiestas. Hay que aprovechar la juventud, joder, que son dos días. ¿El COVID-19? “Eso no nos afecta” dicen con media sonrisa. Que muera su abuela, su tío o su padre es lo de menos. Agosto de 2020 solo hay uno y hay que disfrutarlo. Hombre ya.

¡A muerte!

(extracto de “Caos muy berraco” sobre los millenials, postmillenials y los baby blandurri)

Vaya mierda de mundo me están dejando, joder.

Estos jodidos millenials. No es que no tengan ni puta idea de lo que va la vida. Eso sería, incluso, comprensible. El problema es que son tan jodidamente arrogantes que para ellos la vida irá de lo que ellos decidan que vaya. Puto desastre de generación. Vienen manchando a lo grande con su mierda mental. Les pagan novecientos euros por un trabajo por el que deberían recibir mil ochocientos y ellos dan botes de alegría pues ni imaginan lo que es luchar en la calle ni asustar al Poder. Van dejando su semilla individualista y superficial por toda esta sociedad fallida que vomitamos cada día. Van cogiendo sus Uber y pateando a los taxistas patrios para que algún yanqui se apunte seis mil euros el minuto mientras folla con una sirena en Seychelles. Dan mejor servicio, dicen, como si todos hubieran nacido en putas mansiones y tuvieran apellidos con guiones; como si sus bisabuelos no hubieran muerto a manos de italianos fascistas en el frente de Málaga o sudando como cerdos en Cerro Muriano. Como si sus abuelos no hubieran pasado hambre en la postguerra o como si sus padres no hubieran pasado sus veranos en barriadas obreras preguntándose por qué era que otros lo tenían todo mientras a ellos les quedaba ocupar un banco de la plaza hasta las tres de la mañana y cruzando los dedos para que el calor les dejara dormir al volver a casa.

Sin duda, me tienen desesperanzado los millenials, los postmillenials y ya ni te cuento los baby blandurri que vienen detrás. Todo, lo merecen todo por haber nacido y al de al lado, si puedes, le hundes, que así mola más.

Los muy cabrones le harían bullying hasta a la Madre Teresa, por fea y pobretona[1].


[1] Generalizar conlleva la injusticia y doy fe que algunos, pocos pero algunos, de todos aquellos nacidos a partir de 1985, han podido zafarse de toda esta avalancha de superficialidad consumista y juro que me conmuevo cuando encuentro a adolescentes o jóvenes solidarios, casi siempre señalados por la inmunda turba.

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