Porque ya está bien de política macro, de esa en la que las gentes seducen a pobrecitos mentales y a otros arribistas que se les acercan salivando, ignorando que les aguarda el cuchillo en la mitad de la espalda. Pongo aquí este poema a raíz de una frase de mi compañera de vida y azares cuando le fui con la pena de que tenía un día malo porque unos hombres grises de Momo de mi curioso curro (que en realidad es un metacurro, pero mejor dejarlo ahí) me hacían la vida imposible a mí y a mis compañeros más cercanos.

Ojalá sirva para poner en perspectiva todo eso que nos duele cuando no debería; toda esa manera de pasar malos ratos sólo porque imbéciles, sin ningún tipo de creatividad y sin más razón de vida que la de destrozar todo cuanto bello pudiera producir otro u otra, quieran otra vez tirar tu trabajo por los suelos y anularte en aras de una palabra que inventaron los mediocres para llegar a un puesto determinado y que no se mueva ni una hoja de un árbol sin que ellos lo hubieran aprobado previamente: “lealtad”.

Se pueden ir a la mierda esos canallas de la lealtad, cuando lealtad significa continuar con la mediocridad, el miedo, la falsa amistad y el aún más falso compañerismo. Por eso, no dejemos que esas Hermanastras de Cenicienta nos jodan ni un solo minuto de nuestra vida. Que ellos farfullen, se lamenten o intenten tirar tu imagen por los suelos no ha de quitarte ni medio gramo de energía, porque eso es una mierda de día malo. ¿Sabes lo que es un día malo? Te lo voy a decir: día malo, que te sangre el culo.

“Día malo que te sangre el culo”      

Día malo que te sangre el culo.

Y deja de farfullar por cretinos

que lanzan sus groseros dardos

desde la garganta putrefacta

o el teclado de estiércol.

Nada importa ni importará nunca.

Sólo el dolor es real y la sangre,

que lo parece derramada, cruel,

implacable, abandonadora, dejando

en su rastro perdido de inodoro inocente

toda la huella de la muerte futura

que nos espera en las esquinas

que ojalá giremos allende los años.

Día malo que te sangre el culo.

Y deja de quejarte, lloriqueando

por cualquier chisme aprendido.

Pregúntate: ¿Duele? ¿No?

Pues derrámate por los días

como vino necesario, no me cuentes

historias de otros que te pisan los dedos

cuando creías alcanzar una gloria mundana.

Pregúntate: ¿Sangras? ¿No?

Pues apaga la tele y enciende la tarde,

camina las orillas, las veredas, los paseos,

sonríe a los extraños, eleva a los altares

a las ancianas que cargan bolsas de la compra,

estudia con detenimiento las mareas

y acude a cada atardecer como si ese sol

te devolviera la sangre que falta en tus venas,

cáliz de vida efímera, pero por ahora sí

y mientras tanto.

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