No es importante con quién se ha acostado o se acuesta Nacho Vegas. No es importante si Gurruchaga piensa que Nacho Vegas es un imbécil. Es relevante, me parece, si Nacho Vegas ha aportado algo a este mundo desde su nacimiento hasta aquí. Y yo, amante de la música del siglo veinte y que tan poco me aventuro en las cuitas creativas de mis coetáneos, salvo que su arte me hubiera sido familiar antes del doblar de siglo, pienso que sí, que definitivamente sí  y que me alegro mucho que algún algoritmo de youtube me hubiera enviado un enlace con una canción de Nacho Vegas y Christina Rosenvinge, “Me he perdido”.  Y más feliz aún porque al fenecer mi portátil de once años y medio de edad hace tan poco – aún le guardo algo de luto-, venga mi recién parido Lenovo con su spotify, como niño que llega con un pan debajo del brazo, como llave que me abre las puertas de la discografía de Nacho Vegas, antes para mí cerrada con 47 candados.

Por tanto poco importa si Nacho Vegas duerme con nuestro enemigo, so to speak. Lo relevante es que el arte consiste en que un tipo que vive a mil kilómetros de mí, un tipo al que no he visto en mi vida, alguien absolutamente ajeno y con quien no he hablado y del que solo conocía vagamente su nombre – y erróneamente podía pensar que era el vocalista de Los Planetas haciéndose un Bunbury si es que le hubiera dedicado unos segundos a pensar en ello- pueda conversar conmigo esta noche.

Conversar, comunicar, transmitir, emocionar, exaltar, empujar, revolver, bambolear, animar.

Deprimirme también, pero de la manera en la que deprime el arte, que parece estar inoculando un virus que te tumba cuando lo que en realidad está haciendo es anfetaminizarte el ánimo para elevarte entre la mediocridad de un mundo mediasetero y fútil.

Cuando las cotas de asco están llegando a niveles insoportables es una suerte encontrar algo que puedas salvar. Sí, claro, ya encontré a tropecientos artistas que salvaría de una riada divina como Noé iba buscando animalitos. Pero hacía tiempo que no sentía nada así por nadie; un crush que dicen ahora, esa plaga de filoxera galopante que son para nuestro futuro vino, los millenials. Y ni te cuento lo de los postmillenials.

Y no es que Nacho Vegas sea precisamente Paul McCartney. Sencillas melodías de guitarra -con sus hallazgos, eso sí- sobre una voz un poco más dulce que la de Leonard Cohen en algunas canciones, prima hermana de la de Enrique Bunbury en otras y la hermana siamesa de la Bunbury en otras más.

Nada que objetar a esos tonos, faltaría más. Leonard Cohen es mi puto hermano aunque se le ocurriera nacer en Canadá y morirse sin dignarse a conocerme. (y maldita la hora que no fuimos a ese concierto de Atarfe, joder, que se nos murió y ya sí que resulta de verdad complicado verle en directo)

Pero es la letra, estúpidos, que diría Ronnie. Seguro que ni siquiera Ronald Reagan dijo eso, pero los apóstoles del neoliberalismo son pelotas hasta la náusea y algo que no le hubieran escrito previamente tuvo que decir tan gris personaje. Otra historia y otro asco.

Pero sí, básicamente, es la letra y esa tristona entonación tintada de sabiduría (que no significa que algo de sabio no tenga) perfectamente acoplada a la guitarra. Nacho Vegas desprende por sus líneas una luminosa manera de compadecerse de sí mismo. Es algo que te haría sentir ternura por él o por el personaje que es el “yo” de sus letras, pero en realidad sabes que él está a salvo de todo ese dolor porque lo ha relativizado. Ha sabido relativizarlo. Lo ha puesto en el contexto de un mundo absurdo y una vida que no tiene mucho más sentido o acaso mundo y vida aquí sean sinónimos.

Qué maravilla de canción es “El hombre que casi conoció a Michi Panero”.

“Yo una vez tuve un amor/pero si he de ser sincero/ dije no en el altar/ y cuando digo no es no”

“Yo le rezo a un dios que me prometió/ que cuando esto acabe no habrá nada más/ Fue bastante ya”.

“Nunca fui en nada el mejor/ tampoco he sido un gran amante/ más de una lo querrá atestiguar”.

“He bebido bien y casi conocí en una ocasión a Michi Panero/ y ahora brindo en paz por la humanidad/ y por lo bien que habita el mundo”

Puta obra maestra, joder. Con lo que entiendo un guiño al viejo Lou con su “And the colored girls go/do doo do doo, etc”. Con su vida y la vida de todos ahí colocada. Con su “cuando digo no es no”. “Consideré insensato procrear”. Y tanto. Y su lúcido “voy a brindar por la humanidad y por lo bien que habita el mundo”. Porque somos una especie muy mierdera y conviene no olvidarlo si es que queremos dejar de serlo.

¿Qué pasó con Michi Panero y en qué modo es un logro casi conocerlo? ¿Había quedado con alguien para conocerle y Michi no fue?

¿Y no es acaso genial resumir tu vida como la del hombre que casi conoció a otro hombre, máxime si se trata, como Michi Panero, de un escritor que no escribía o un poeta del que no salían versos cuando todo el mundo pensaba que si se animaba aparecería con un Ulises o con otro Los heraldos negros?

Pero Michi nunca lo hizo. Pareció el paradigma del escritor que no se atrevió a escribir ante la posibilidad de escribir algo que no le pareciera bueno. Arrinconado, en ese aspecto también, por su padre, poeta franquista, y sus hermanos mayores. Pero Michi es otro tema. Otra entrada. Otro modo de divagar.

Por eso termino como he empezado mi historia con Nacho Vegas, con “Me he perdido”, canción que canta y crea con mi infinito amor platónico Christina Rosenvinge.

Me entero más de una década después, google mediante, que fue amor de Nacho Vegas, pero no platónico (en eso le gano, sin duda). Habrá quien diga que bien podría haber prestado atención a la letra de esta canción para poder averiguar eso, pero bueno, parece que se entiende que las letras de las canciones no han de ser ciertas aunque tal vez esta sí lo sea, after all.

Se me ocurre que podría escribir un poema como “El hombre que casi conoció a Christina Rosenvinge”. Después de todo, estuve quejándome durante todo un concierto suyo en el Cervantes de Málaga de la ruidosa actitud de dos niños que tenía en el palco de al lado, que tampoco entendía por qué aquella pareja mayor los había llevado a ese tipo de concierto y cuando iba terminando, entendí, para mi pasmo y el de la amiga que me acompañaba, que eran los hijos de Christina. Ahora sí tenía sentido que estuvieran allí. Con aquella pareja mayor que, a todas luces, eran los padres de ella. Y hasta hube de alegrarme que así fuera porque mi platónico amor cantó, aunque aseguró que no solía hacerlo, “Hago chas y aparezco a tu lado” gracias a que a una de aquellas rubísimas criaturas, como era y es mi caso, le gustaba esa canción.

La imagen destacada es de

“comakeni” by Paulo Ito is licensed under CC BY-NC-ND 2.0  no es que tuviera mucho que ver con Nacho Vegas, pero buscaba una imagen de Michi Panero en Creative Commons y me la he encontrado dejándome también un síndrome de stendhal de martes noche. Que no es poca cosa en el mundo de los hombres grises.

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